martes, 28 de septiembre de 2010

Escala de evaluación de la actividad global

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DSM 4

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jueves, 12 de agosto de 2010

miércoles, 11 de agosto de 2010

Perversiones y Educación sexual integral

Vamos a trabajar esta relación para articular conceptos de la cátedra con la Educación sexual integral teniendo en cuenta lo siguiente:


1. Salud y adolescencia, toma la educación sexual como educación sexual reproductiva desde la perspectiva de la salud, no desde la sexualidad.

2. Los planteos freudianos extendieron el concepto de sexualidad, y las prácticas, y teorías de la sexualidad actuales ampliaron el campo inaugurado por Freud.

3. La sexualidad es un tema que está bajo la órbita familia o bajo la órbita científica médica. Los padres y los médicos tienen la primer palabra. La escuela se haya relegada al respecto.

4. La ley de educación sexual integral de 2006, ha comenzado a implementarse, pero los nuevos diseños curriculares de la Provincia, no la nombre y no queda claro que la tomen en cuenta, si bien la Provincia firmó los acuerdos federales sobre la ley.

5. Salud y adolescencia ha sido revisada no queda claro en que medida se incorporaron los temas de sexualidad.

6. Hay un manual de salud sexual integral que ha sido retirado de las escuelas

Práctico sobre Psicopatología en Freud

Lecturas de

(tomo XXIII Amorrortu editores OC Freud S.) Esquemas de psicoanálisis,
(tomo XIX Amorrortu editores OC Freud S.) Neurosis y psicosis, yo y el ello.
Diccionario de Laplanche y Pontalis. Conceptos de neurosis y psicosis.

martes, 10 de agosto de 2010

Informe- Comunidad terapéutica y la atención psicosocial

-Atención Psicosocial
-Instituciones (Centro de rehabilitación)
-Terapia individual
-“Régimen de reclutamiento”.


-Hace años que se vienen realizando prácticas para desplazar aquellas maniobras que daban origen y desarrollo a la psiquiatría centralizada en el hospital psiquiátrico y asilar.
Hoy predomina, en el ámbito de la salud mental, la necesidad de dar respuestas a las consecuencias de la psiquiatría y de los cambios sociales. Tanto es así que en la actualidad se desarrolla una experiencia denominada “Atención Psicosocial”, que incluye el sostén de residencias para personas externadas, el trabajo conjunto con otros profesionales, creación de cooperativas y “alianzas sociales”.
Para este tipo de terapias, la crisis es vista como resultado de una serie de factores que involucran a terceros. Porque considera que la crisis es una crisis mas social que puramente biológica o psicológica. Esto último se puede relacionar con lo que dice el psicoanalista Juan Carlos Volnovich: “¿síntoma de que somos? El síntoma individual dice siempre algo del síntoma social”, dando a entender que todos somos responsables de aquellas personas afectadas psicológicamente, porque son sujetos atravesados por un contexto histórico y sociocultural.
A lo que apunta la atención psicosocial es posibilitar la contención y la escucha de las personas en crisis. Por lo tanto es imprescindible que se establezcan vínculos afectivos y profesionales con esas personas, que sientan que los profesionales están volcados a sus problemas y comprometidos a ayudarlas (“responsabilizarse”).
En relación a esto se establece una diferencia importante entre la psiquiatría y la atención psicosocial; la primera ejerce una relación médico-enfermedad, en cambio, en la segunda se da una relación medico-paciente, es decir, que en esta última se tiene en cuenta o pene énfasis en el sujeto en si y en su subjetividad, apuntando, además al contexto de ese sujeto.
Algo de todo esto, en relación a la atención psicosocial, se pudo observar en el Centro de rehabilitación de Junín, en tanto a la contención que les brindan a los pacientes, sobre todo cuando los pacientes suelen ser “depositados” por sus familias.
En cuanto a la función de esta institución, se desarrolla con la derivación de dos organismos: CPA, CPU y Cedronar, para establecer la admisión de sujeto, pero sin patologías duales (por ej.: adicción y esquizofrenia), también hay casos particulares, es decir, que viene solos o llevados por sus familias.
Por otro lado se realizan, en este centro, dos tipos de clínicas o terapias:
-Individual: dende se trata la fenomenología de los síntomas (comportamiento)
-Grupo multifamiliar: donde se tiene en cuenta la historia del sujeto, el ser escuchado, el dialogo con su familia, la fantasmatico (es decir, ese “no lugar”, aquello que el sujeto construye como algo propio, como la subjetividad).
A demás se ejerce un “plan diario” que deben realizar los pacientes, según estos profesionales, ese plan les deja en claro a los pacientes en el momento de la admisión, el orden, la responsabilidad, las obligaciones, los limites (disciplina). Todo esto le brindaría al paciente cierta estabilidad en su vida.
Dicho plan consta de horarios establecidos para cada actividad.
Si bien en este centro de rehabilitación se tiene en cuenta la contención del sujeto y de alguna manera se responsabiliza por el, aún no se llegaría a denominar como atención psicosocial, porque en este centro se apunta mas a un régimen (“reclutamiento”), cayendo, de alguna manera, en la institucionalización de los sujetos, en cambio la atención psicosocial apunta a lo social, tanto para la terapia como para la inserción de estos sujetos, que en definitiva es lo mas difícil e importante a la vez, en el sentido de que para estas personas es difícil su inserción en la sociedad y en el ámbito. Y de este modo se inhibiría en esas personas el sentido de autonomía e independencia.
Entonces surge un interrogante: “¿si se sostiene un régimen como se hace para sostener una terapia individual?”
Los profesionales nos contaban un caso en que un paciente venia realizando una terapia individual muy favorable, pero por una conducta agresiva fue expulsado del centro de rehabilitación.
Pareciera entonces, que aunque exista la necesidad de dar otros tipos de respuestas a la crisis de las personas o de la sociedad en salud mental, a través de nuevos dispositivos, quedarían en algunas instituciones, resabios de la metodología de la antigua psiquiatría, en cuanto a la cura:
-Clase del 19 de diciembre de 1973, la cura de Leuret y sus elementos estratégicos: ….”aislamiento, medicamentos-en algunos casos-, la disciplina-obediencia a un reglamento-, alimentación determinada, horas de sueño y de trabajo”….
Y de ser así la persona pasaría a ser un objeto o una cosa inhibiendo su subjetividad, su autonomía y de este modo se bloque su inserción social y laboral, aspectos fundamentales en la vida de un sujeto para que pueda contar con un plan de vida y así darle un sentido a su propia vida.


Erica Díaz
4º año Profesorado en Psicología

Institucionalización - A propósito de la visita a la comunidad terapéutica



¿Qué incluye un plan de rehabilitación?

Se realiza una evaluación por medio de entrevistas al usuario o familiares para determinar el tratamiento que el paciente requiere.
La recuperación comprende 3 fases:
  • la primera busca concienciar al paciente sobre la enfermedad.
  • fase de abstinencia
  • fase de contención
Existen terapias grupales e individuales y se atiende además a la familia.
¿Cuáles son los problemas que presentan los enfermos?
Presentan problemas personales, emocionales, laborales, manifiestan depresión en la mayoría de los casos.
La droga es otra sustancia adictiva, estimula la violencia, cambia la conducta del sujeto.
En general el adicto cuenta con una historia delictiva por vivir en la calle, problemas familiares severos, es allí donde han comenzado a consumir. La edad en que comienzan a consumir es desde los 11 o antes existe un desvinculo familiar.
Existe un tratamiento ambulatorio y un tratamiento hospitalario el primero sin dudas pareciera ser mejor para muchos pacientes ya que les permite continuar con su trabajo, la vida familiar, actividades recreativas, etc., pero ¿que hacer si el paciente ya no decide, esta perdido en su mundo?
Estos corren el riesgo de fracasar si no realizan un tratamiento hospitalario de un sistema cerrado.
Son sujetos con desordenes en sus conductas y necesitan de un aislamiento con terapias variadas. Las personas que participan en este tipo de tratamientos conviven en la comunidad de adictos en recuperación.
De esta manera se logra incorporarlas a un estilo de vida compartido y de responsabilidad personal.
No hay un solo tratamiento que sea apropiado para todas las personas, es importantes una combinación adecuada: un ambiente adecuado, intervenciones ajustadas a cada caso, necesidades particulares de cada individuo para que logre el estilo final y funcionar en la familia, el trabajo y la sociedad.
Con respecto a la institución visitada no deja muy en claro su funcionamiento (individual-familiar-institucional). Parece que este modelo reduce las expectativas y los proyectos de vida de los usuarios (pacientes). Si bien marcado por el director y profesionales del lugar hay demasiada rigidez en el tratamiento terapéutico, se deja en claro el orden, la responsabilidad, las obligaciones, limites y leyes. Así de entrada se genera estabilidad.
Como resultado esta concepción puede llevar a que la respuesta sea frenar a la persona en crisis a cualquier costo, en este caso, se castigara y será excluido de la comunidad terapéutica.
Con respecto a la atención psicosocial hay un desvinculo por el hecho de que se ha excluido a un paciente por tornarse agresivo con uno de sus compañeros.
¿Dónde esta la contención y responsabilidad del profesional hacia el paciente?
En atención psicosocial se usa la expresión “responsabilizarse” cosa que acá no pasa.
Nosotras pensamos que en muchas situaciones seria necesario que las instituciones sean asistidas o supervisadas para lograr una mejor recuperación para los pacientes.



*  Bustos Marcela y 
Esquiaboni Raquel
Psicopatología
Profesorado de Psicología
Instituto Paulo Freire

Visita a Comunidad Terapéutica - Informe

Entrevista:
El  11 de Junio, los alumnos del Profesorado de Psicología, visitamos el Instituto de Rehabilitación en la ciudad de Junín, con el profesor Alonso.
En esa institución, nos entrevistamos, con su Director, dueño, y asistente social, los cuales nos contaron lo siguiente:
Como primer paso, el profesor Alonso, hizo una breve introducción, en el cual habló, del poder psiquiátrico, y la descomanizaciòn, como situar la cura, enfermo, mediación, tratamiento, seguimiento, entre otros temas.
A partir de ello, empezó hablar su Director Matías, el cual, nos contó lo siguiente: que trabajan con 2 organismos, uno de provincia, y otro de secretaría de drogadicción Cedronar, son los que hacen el primer encuentro con el paciente, evalúan la gravedad del caso.
Ellos determinan, si puede ser ambulatorio, y los que son imposibles que sean ambulatorios, entonces se derivan en la internación. Como segundo paso, evalúan el caso, y ven si puede ser integrado.
No trabajan con enfermedades Dugales, sólo con patologías Duales: drogas, alcohol, etc.; la decisión, que tome el CPA es la que termina la internación o no, como el CPU..
Dueño: el CPU-CPA, evalúan el conocimiento, con distintos talleres, con psicólogo, psiquiatra durante una semana, determinan el tratamiento ambulatorio o no. Llaman a los centros en caso de que uno pregunten si pueden, sin tienen lugar, y ellos mediante que mandan la ficha, ver si entra o no.
Su sistema, es como el CPA, tienen talleres de día, con tratamiento con profesionales, y cuando se le dan de alta, se lo recomienda.
Secretaría, y Cedronar: no son los  únicos que derivan, algunos vienen por que la familia conocen el lenguaje, y los trae, para tratarlos.
La familia: debería jugar un lugar importante, pero justamente esa es la gran dificultad, pero eso es justamente la razón de que mucha gente termina con lesión, es complicado, y la idea, con el CPA, que haga el trabajo en los que tienen reuniones semanales mensuales, en derivación, es justamente por la familia (90 %), con la madre, hermano, o tìo.
Para entrar hay que hacer una historia clínica, y a partir de ellos, obtenemos información (teléfono-celular-dirección), en este caso, confiamos en la familia, por que acà hay gente de Buenos Aires, y los CPA, de allá, trabajan en distintas horarios que nosotros, por lo que muchas veces, se nos complica poder hablar con esta institución, ya que cuando ellos cerraron, nosotros no.
Para tomar parte de este tratamiento, si entras trastabillando, no funciona, es difícil, ya que después de un determinado tiempo, tienen salidas terapéuticas, que no son días libres, es màs que nada terapéutico, es como una prueba.
Económico: al trabajar con los dos organismos: CEDRONAR, Y SUB-SECRETARÌA, estos becan al paciente; uno es nacional, y otro provincial, son los que negocian el que tratamiento se extienda por determinado tiempo.
Esta institución: cuando ingresa el paciente, se hace una evaluación profunda para la contención del paciente, es como contactar al CPA, ellos hacen todo eso para que el ingreso, no sea sólo un depósito.
Cuando venga el paciente, hablamos  con el pariente, pero antes de que venga el paciente y su familiar, ya hablamos con el CPA, y luego la asistente social, todo establecido; segundo ya todos estamos coordinados;  y tercero, el dueño, recibe a la familia, se presenta, no para decir “acá se hace lo que yo digo”, sino para decirles, que un 50 5 lo dà el paciente, 50%  la institución, y 25% la familia, a la que se le exige que venga a verlo.
A partir, de acá es todo un camino, en el que el director se hace cargo, la asistente social, se hace cargo, la familia viene los domingos.
En la internación hay tres pilares: 1-acompañamiento terapéutico, 2-trabajar en cada caso, 3-aislarlo un poco de todo= para todo esto, por un lado se trabaja con la familia, se trabaja de una manera, y por otro, con la institución, se trabaja desde otra.
Asistente social: Desde la terapéutico, se hacen reuniones quincenales, con el equipo, y estudio, que hacen a la dinámica. Equipo: Asistente social, psicólogo de cine debate, y grupo multi familiares.
Matías, grupo terapéutico, psiquiatra, cada quince días otras reuniones, para ver cosas de la institución junto con operadores.
Clínica individual: se replantea, cómo y dónde se entiende esta problemática que es la adicción, abstinencia, cada cuanto consume, cómo, qué.
Desde acá se parte, para ir “escarbando”, de donde se vino, porqué?, al parecer los otros, y como contribuyeron a ello; se hace todo un proceso de construcción.
Multi Familiar: asistente social, más psicólogo, se plantea el adicto que ya fue y ahora el hijo, en un “no lugar-2, es un espacio en donde hay personas, pacientes, que por medio de diferentes técnicas, métodos, hace que los pacientes modifiquen muchas veces sus posturas, se acerquen entre ellos, se establece un vínculo, se produzcan puestas en común, sobre distintos temas, en el que ese “no lugar”, se convierta en un “lugar”, para reflejar todo eso eso que le pasa, lo que le pasó en los talleres, en las reuniones, en su vida en sí.


*  Bergaglio, Santiago.
Bertachini, Estefanìa.
Año: 4to año
Carrea: Profesorado de Psicología.
Instituto Paulo Freire

Perversiones - Informe

  Perversion-  Anàlisis en el mundo posmoderno *

Durante mucho tiempo los pervertidos y  la perversiòn han sido temas que causan fascinacion en nuestras mentes. Desde los asesinos seriales con manìas retorcidas y perversas hasta la liberaciòn total del sexo, orgias y placeres mundanos parecen infestar calles y conciencias.
Nadie quiere ser llamado pervertido, se busca a cualquier costa demostrar la normalidad ante la sociedad y sus pràcticas.
La perversiòn se define como una desviaciòn del instinto sexual. Su estudio sistematicose ha propuesto una clasificaciòn descriptiva,una nomenclatura de las perversiones. La perversiòn concierne al objeto sexual y se han encontrado alrededor de 138 de ellas, denominadas parafilias, esta enumeracion constituye en si misma una interpretación implicìta de la perversiòn, supone un orden natural del instinto sexual que seria definible en comparaciòn con las pràcticas de los animales o a traves de investigaciones estadìsticas.



Historia de la perversiòn


Desde los primeros asentamientos humanos, hasta nuestros dias  no ha existido alguna actividad humana que no fundamente su acciòn en la transformaciòn de su entorno, no resulta de hacer implicaciones morales sin de aclarar conceptos.Para muchos es la historia del bien y del mal, versiòn clara que depende del cristianismo, preo la perversiòn se ve de diferentes maneras segun la època, aseveraciòn que habia hecho foulcoult con la autonomìa del poder.
Hasta el siglo V el perverso es el que rechaza el orden procreador. En parte al recuperar los mitos clàsicos es fàcil darse cuenta de esta realidad.  Aquel que va en contra de las primeras ordenes es quien es capaz de comprender hasta donde ha llegado su perversidad.
Ya en la edad media el perverso cambia a todo el que rechaza el orden, pero rechaza la verdad como ùnica. El acto de fe es la ùnica garantìa , mas alla de la verdad, resulta perverso aquel contrario a la voluntad de Dios.Todo aquello que se pone en duda o trata de alterar el concepto de verdad es ocasionado por el mal.
A partir del siglo XIX gracias a todos los desarrollos de la ciencia, la perversiòn entra en el orden medico. Dios no es ya referente absoluto en tanto equilibrio del bien y del mal, el individuo es el culpable de la perversion.Se debe eliminar y curar como todas las enfermedades.
El descubrimiento de la sociedad de los perversos hace que por normalizaciòn ya nadie lo parezca ( todo vale), ese es el mecanismo de defensa e integraciòn pero la perversion ligada a la desviaciòn entendida desde la teoria sociològica es el quebrantamiento del orden, la ruptura de la norma "lo anormal" constituiria en la sociedad lo que habria que corregir, lo que esta mal y hay que integrar.



Perversiòn desde el psicoanàlisis


Nos referimos a tres cosas muy distintas:

1- a las patologìas de la sexualidad
2- a las caracterìsticas estructurales de la sexualidad humana
3- a una de las formas de la subjetividad                 
                                            
Estas tres acepciones resultan de la evoluciòn del concepto de perversiòn a lo largo de las transformaciones ha que ha estado sujeto las elaboraciones de la psiquiatrìa y el psicoanàlisis.
Podemos señalar como ejemplo la cuestion de la homosexualidad que en nuestra època es considerada cada vez con mas naturalidad como una de las formas posibles en la orientaciòn sexual,es decir en la elecciòn de objeto  y tiende poco a poco a quedar excluìda del campo de la psicopatologìa.
El concepto de perversiòn de Freud implica una nocion de sexualidad infantil y arriba a la conocida formula freudiana del niño como un perverso polimorfo. Esta hipòtesis establece que no existe una forma natural de la sexualidad sino que esta incluida la adquisiciòn de una identidad en la sexuacion, esta sujeta a un proceso de formaciòn que atraviesa diversas vicisitudes desde niño hasta ser adulto, estas vacisitudes segun Freud estan gobernadas por el dispositivo simbòlico del Edipo.
Lo que Freud plantea como infantil en Lacan equivale a la nocion de estructura, el dice no se trata de una evolucion de una sexualidad perversa sino que la sexualidad humana es estructuralmente perversa y es con esa sexualidad que hombres y mujeres se las tienen que arreglar para elegir o no los rasgos que definen una sexualidad normal, es decir la heterosexualidad y la paternidad.
En sintesis el concepto de perversiòn sigue teniendo como referencia la vida sexual y por lo tanto su aplicacion queda restringida al campo de la sexualidad.
En la clìnica se dice que los neuròticos gozan de sus fantasìas perversas y que se verifica en su vida sexual la existencia de actos perversos, esto es un hecho aceptado generalmente.
En la triada neurosis, psicosis y perversion podemos decir que existen en tal sentido como conductas desviadas, hay perversiones en los neuroticos, hay perversiones en los psicòticos y debemos agregar hay perversiòn en los perversos. Aqui se ve bien el concepto Lacaniano de perversiòn como una modalidad subjetiva, que mas alla de las practicas sexuales puede constituir una contribuciòn del psicoanàlisis al conocimiento de las psicopatìas.



Clasificaciòn.  Parafilias

Introducciòn: El empleo del termino parafilia señala el concepto de perversiones, es un hallazgo de la sexologia del sigloXX.
Presupone un enfoque humanìstico cientìfico que integra desde los descubrimientos del funcionamiento cerebral segùn quiere la neurociencia , hasta las maniobras sistemicas de los terapeutas que tratamos la conducta sexual humana.
Comprender las parafilias implica saberhasta donde los hechos del desarrollo del sexo y sus emociones pueden ser uniformes y constantes.
La sexologìa presupone el estudio de los seres humanos como individuos sexuados en su caracter de varones, mujeres o ambiguos.Incluye sus sentimientos en cuanto a sentirse varones, mujereso ambiguos( identidad de gènero) y sus conductas, fantasìas derivadas de su ser sexuado es decir variantes de la conducta sexual. Cuando esa conducta sexual varia con referencia a una presunta norma hablamos de parafilia.

Diferentes parafilias: (bàsicas)

_ Excibicionismo
_ Fetichismo
_ Pedofilia
_ Masoquismo
_ Voyeurismo
_ Zoofilia
_ Travestismo
_ Necrofilia

Las parafilias incluyen algunas de estas posibilidades:
- objetos humanos
-inflingir sufrimiento o humillaciòn a si mismo o a su pareja
- involucrar a pre púberes o personas que se resisten a la propuesta sexual
Estas fantasìas o estìmulos son requisito indispensable para que el individuo paratífico logre exitarse y llegue al orgasmo.
El DSM-IV las caracteriza por consistir en impulsos sexuales intensos y recurrentes, fantasias o comportamientos que implican dichas consideraciones o situaciones poco habituales.
La clìnica de las parafilias reùne tècnicas diversas
, incluyen informaciòn a los pacientes sobre el tema de consulta , medicaciòn cuando el grado de ansiedad no les permite la relaciòn terapeùtica. Debe existir un fuerte vìnculo con el terapeuta quien es que debe manejar diferentes tècnicas como: dramatizaciones, gestalt, genogramas familiares, entrevistas a parientes y amigos dispuestos a ayudarlo , y sobre todo los profesionales deben carecer en la mayor medida posible de un criterio de valoraciòn discriminatorio sobre la persona que los consulta.


Bibliografía consultada


1- Edward Blecher. Investigaciones del sexo -1973

2-Hugo Bleichman. I introducción al estudio de las perversiones-1976

3-Michel Foucault-Vigilar y castigar- 1976
 *     Marcela Bustos
Alumna de Psicopatología
Profesorado de Psicología
Instituto Paulo Freire

lunes, 9 de agosto de 2010

Cronograma de cursada - II cuatrimestre 2010

10 de agosto de 2010
24 de agosto de 2010
7 de setiembre de 2010
21 de setiembre de 2010
5 de octubre de 2010
19 de octubre de 2010
2 de noviembre de 2010
16 de noviembre de 2010

jueves, 29 de julio de 2010

DIMENSION INTERSUBJETIVA DEL AUTISMO Soledades de hijo y padres

Artículo de Página 12. Clik en el título para acceder al texto.

domingo, 20 de junio de 2010

martes, 15 de junio de 2010

Esquemas del psicoanálisis - 1938 - Sigmund Freud

El aparato psíquico
El psicoanálisis establece una premisa fundamental cuyo examen queda reservado al pensar filosófico y cuya
justificación reside en sus resultados. De lo que llamamos nuestra psique (vida anímica), nos son consabidos dos
términos: en primer lugar, el órgano corporal y escenario de ella' el encéfalo (sistema nervioso) y, por otra parte,
nuestros actos de conciencia, que son dados inmediatamente y que ninguna descripción nos podría rasmitir. No nos
es consabido, en cambio, lo que haya en medio; no nos es dada una referencia directa entre ambos puntosterminales
de nuestro saber. Si ella existiera, a lo sumo brindaría una localización precisa de los procesos de conciencia, sin
contribuir en nada a su inteligencia.
Nuestros dos supuestos se articulan con estos dos cabos o comienzos de nuestro saber. El primer supuesto atañe a la
localización(168). Suponemos que la vida anímica es la función de un aparato al que atribuimos ser extenso en el
espacio y estar compuesto por varias piezas; nos lo representamos, pues, semejante a un telescopio, un microscopio,
o algo así. Si dejamos de lado cierta aproximación ya ensayada, el despliegue consecuente de esa representación es
una novedad científica.
Hemos llegado a tomar noticia de este aparato psíquico por el estudio del desarrollo individual del ser humano.
Llamamos ello a la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas: su contenido es todo lo heredado, lo que
se trae con el nacimiento, lo establecido constitucionalmente; en especial, entonces, las pulsiones que provienen de la
organización corporal, que aquí [en el ello] encuentran una primera expresión psíquica, cuyas formas son
desconocidas {no consabidas} para nosotros (ver nota(169)).
Bajo el influjo del mundo exterior real-objetivo que nos circunda, una parte del ello ha experimentado un desarrollo
particular; originaría m en te un estrato cortical dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los
dispositivos para la protección frente a estos, se ha establecido una organización particular que en lo sucesivo media
entre el ello y el mundo exterior. A este distrito de nuestra vida anímica le damos el nombre de yo.
Los caracteres principales del yo. A consecuencia del vínculo preformado entre percepción sensorial y acción
muscular, el yo dispone respecto de los movimientos voluntarios. Tiene la tarea de la autoconservación, y la cumple
tomando hacia afuera noticia de los estímulos, almacenando experiencias sobre ellos (en la memoria), evitando
estímulos hiperintensos (mediante la huida), enfrentando estímulos moderados (mediante la adaptación) y, por fin,
aprendiendo a alterar el mundo exterior de una manera acorde a fines para su ventaja (actividad); y hacia adentro,
hacia el ello, ganando imperio sobre las exigencias pulsionales, decidiendo si debe consentírseles la satisfacción,
desplazando esta última a los tiempos y circunstancias favorables en el mundo exterior, o sofocando totalmente sus
excitaciones. En su actividad es guiado por las noticias de las tensiones de estímulo presentes o registradas dentro de
él: su elevación es sentida en general como un displacer, y su rebajamiento, como placer.
No obstante, es probable que lo sentido como placer y displacer no sean las alturas absolutas de esta tensión de
estímulo, sino algo en el ritmo de su alteración. El yo aspira al placer, quiere evitar el displacer. Un acrecentamiento
esperado, previsto, de displacer es respondido con la señal de angustia; y su ocasión, amenace ella desde afuera o
desde adentro, se llama peligro. De tiempo en tiempo, el yo desata su conexión con el mundo exterior y se retira al
estado del dormir, en el cual altera considerablemente su organización. Y del estado del dormir cabe inferir que esa
organización consiste en una particular distribución de la energía anímica. Como precipitado del largo período de
infancia durante el cual el ser humano en crecimiento vive en dependencia de sus padres, se forma dentro del yo una
particular instancia en la que se prolonga el influjo de estos. Ha recibido el nombre de superyó. En la medida en que
este superyó se separa del yo o se contrapone a él, es un tercer poder que el yo se ve precisado a tomar en cuenta.
Así las cosas, una acción del yo es correcta cuando cumple al mismo tiempo los requerimientos del ello, del superyó y
de la realidad objetiva, vale decir, cuando sabe reconciliar entre sí sus exigencias. Los detalles del vínculo entre yo y
superyó se vuelven por completo inteligibles reconduciéndolos a la relación del niño con sus progenitores.
Naturalmente, en el influjo de los progenitores no sólo es eficiente la índole personal de estos, sino también el influjo,
por ellos propagado, de la tradición de la familia, la raza y el pueblo, así como los requerimientos del medio social
respectivo, que ellos subrogan. De igual modo, en el curso del desarrollo individual el superyó recoge aportes de
posteriores continuadores y personas sustitutivas de los progenitores, como pedagogos, arquetipos públicos, ideales
venerados en la sociedad. Se ve que ello y superyó, a pesar de su diversidad fundamental, muestran una coincidencia
en cuanto representan {repräsentieren} los influjos del pasado: el ello, los del pasado heredado; el superyó, en lo
esencial, los del pasado asumido por otros. En tanto, el yo está comandado principalmente por lo que uno mismo ha
vivenciado, vale decir, lo accidental y actual.
Este esquema general del aparato psíquico habrá de considerarse válido también para los animales superiores,
semejantes al hombre en lo anímico. Cabe suponer un superyó siempre que exista un período prolongado de
dependencia infantil, como en el ser humano. Y es inevitable suponer una separación de yo y ello. La psicología
animal no ha abordado todavía la interesante tarea que esto le plantea.
Doctrina de las pulsiones
El poder del ello expresa el genuino propósito vital del individuo. Consiste en satisfacer sus necesidades congénitas.
Un propósito de mantenerse con vida y protegerse de peligros mediante la angustia no se puede atribuir al ello. Esa es
la tarea del yo, quien también tiene que hallar la manera más favorable y menos peligrosa de satisfacción con
miramiento por el mundo exterior. Aunque el superyó pueda imponer necesidades nuevas, su principal operación
sigue siendo limitar las satisfacciones.
Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello. Representan
{repräsentieren} los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica. Aunque causa última de toda actividad, son
de naturaleza conservadora; de todo estado alcanzado por un ser brota un afán por reproducir ese estado tan pronto
se lo abandonó. Se puede, pues, distinguir un número indeterminado de pulsiones, y así se acostumbra hacer. Para
nosotros es sustantiva la posibilidad de que todas esas múltiples pulsiones se puedan reconducir a unas pocas
pulsiones básicas. Hemos averiguado que las pulsiones pueden alterar su meta (por desplazamiento); también, que
pueden sustituirse unas a otras al traspasar la energía de una pulsión sobre otra. Tras larga vacilación y oscilación,
nos hemos resuelto a aceptar sólo dos pulsiones básicas: Eros y pulsión de destrucción. (La oposición entre pulsión
de conservación de sí mismo y de conservación de la especie, así como la otra entre amor yoico y amor de objeto, se
sitúan en el interior del Eros.) La meta de la primera es producir unidades cada vez más grandes y, así, conservarlas,
o sea, una ligazón {Bindung}; la meta de la otra es, al contrario, disolver nexos y, así, destruir las cosas del mundo.
Respecto de la pulsión de destrucción, podemos pensar que aparece como su meta última trasportar lo vivo al estado
inorgánico; por eso también la llamamos pulsión de muerte. Si suponemos que lo vivo advino más tarde que lo inerte y
se generó desde esto, la pulsión de muerte responde a la fórmula consignada, a saber, que una pulsión aspira al
regreso a un estado anterior.
En cambio, no podemos aplicar a Eros (o pulsión de amor) esa fórmula. Ello presupondría que la sustancia viva fue
otrora una unidad luego desgarrada y que ahora aspira a su reunificación (ver nota(170)). En las funciones biológicas,
las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una
destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión
más íntima. Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las
manifestaciones de la vida. Y más allá del reino de lo vivo, la analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la
pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico (ver
nota(171))
.
Alteraciones en la proporción de mezcla de las pulsiones tienen las más palpables consecuencias. Un fuerte
suplemento de agresión sexual hace del amante un asesino con estupro; un intenso rebajamiento del factor agresivo
lo vuelve timorato o impotente. Ni hablar de que se pueda circunscribir una u otra de las pulsiones básicas a una de
las provincias anímicas. Se las tiene que topar por, doquier. Nos representamos un estado inicial de la siguiente
manera: la íntegra energía disponible de Eros, que desde ahora llamaremos libido, está presente en el yo-ello todavía
indiferenciado [cf. AE, 23, pág. 148n.] y sirve para neutralizar las inclinaciones de destrucción simultáneamente
presentes. (Carecemos de un término análogo a «libido» para la energía de la pulsión de destrucción.) En posteriores
estados nos resulta relativamente fácil perseguir los destinos de la libido; ello es más difícil respecto de la pulsión de
destrucción.
Mientras esta última produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda; sólo comparece ante
nosotros cuando es vuelta hacia afuera como pulsión de destrucción. Que esto acontezca parece una necesidad
objetiva para la conservación del individuo. El sistema muscular sirve a esta derivación. Con la instalación del superyó,
montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y allí ejercen efectos autodestructivos.
Es uno de los peligros para su salud que el ser humano toma sobre sí en su camino de desarrollo cultural. Retener la
agresión es en general insano, produce un efecto patógeno (mortificación) {Kränkung(172)}. El tránsito de una
agresión impedida hacia una destrucción de sí mismo por vuelta de la agresión hacia la persona propia suele ilustrarlo
una persona en el ataque de furia, cuando se mesa los cabellos y se golpea el rostro con los puños, en todo lo cual es
evidente que ella habría preferido infligir a otro ese tratamiento. Una parte de destrucción de sí permanece en lo
interior, sean cuales fueren las circunstancias, hasta que al fin consigue matar al individuo, quizá sólo cuando la libido
de este se ha consumido o fijado de una manera desventajosa. Así, se puede conjeturar, en general, que el individuo
muere a raíz de sus conflictos internos; la especie, en cambio, se extingue por su infructuosa lucha contra el mundo
exterior, cuando este último ha cambiado de una manera tal que no son suficientes las adaptaciones adquiridas por
aquella. Es difícil enunciar algo sobre el comportamiento de la libido dentro del ello y dentro del superyó. Todo cuanto
sabemos acerca de esto se refiere al yo, en el cual se almacena inicialmente todo el monto disponible de libido.
Llamamos narcisismo primario absoluto a ese estado. Dura hasta que el yo empieza a investir con libido las
representaciones de objetos, a trasponer libido narcisista en libido de objeto. Durante toda la vida, el yo sigue siendo
el gran reservorio desde el cual investiduras libidinales son enviadas a los objetos y al interior del cual se las vuelve a
retirar, tal como un cuerpo protoplasmático procede con sus seudópodos (ver nota(173)). Sólo en el estado de un
enamoramiento total se trasfiere sobre el objeto el monto principal de la libido, el objeto se pone {setzen sich} en cierta
medida en el lugar del yo. Un carácter de importancia vital es la movilidad de la libido, la presteza con que ella
traspasa de un objeto a otro objeto. En oposición a esto se sitúa la fijación de la libido en determinados objetos, que a
menudo dura la vida entera.
Es innegable que la libido tiene fuentes somáticas, y afluye al yo desde diversos órganos y partes del cuerpo. Esto se
ve de la manera más nítida en aquel sector de la libido que de acuerdo con su meta pulsional, se designa «excitación
sexual». Entre los lugares del cuerpo de los que parte esa libido, los más destacados se señalan con el nombre de
zonas erógenas, pero en verdad el cuerpo íntegro es una zona erógena tal. Lo mejor que sabemos sobre Eros, o sea
sobre su exponente, la libido, se adquirió por el estudio de la función sexual, la cual en la concepción corriente -
aunque no en nuestra teoría- se superpone con Eros. Pudimos formarnos una imagen del modo en que la aspiración
sexual, que está destinada a influir de manera decisiva sobre nuestra vida, se desarrolla poco a poco desde las
alternantes contribuciones de varias pulsiones parciales, subrogantes de determinadas zonas erógenas.
El desarrollo de la función sexual
Según la concepción corriente, la vida sexual humana consistiría, en lo esencial, en el afán de poner en contacto los
genitales propios con los de una persona del otro sexo. Besar, mirar y tocar ese cuerpo ajeno aparecen ahí como unos
fenómenos concomitantes y unas acciones introductorias. Ese afán emergería con la pubertad -vale decir, a la edad
de la madurez genésica- al servicio de la reproducción. No obstante, siempre fueron notorios ciertos hechos que no
calzaban en el marco estrecho de esta concepción: 1) Curiosamente, hay personas para quienes sólo individuos del
propio sexo y sus genitales poseen atracción. 2) Es también curioso que ciertas personas, cuyas apetencias se
comportan en un todo como si fueran sexuales, prescinden por completo de las partes genésicas o de su empleo
normal; a tales seres humanos se los llama «perversos». 3) Es llamativo, para concluir, que muchos niños,
considerados por esta razón degenerados, muestren muy tempranamente un interés por sus genitales y por los signos
de excitación de estos.
Bien se comprende que el psicoanálisis provocara escándalo y contradicción cuando, retomando en parte estos tres
menospreciados hechos, contradijo todas las opiniones populares sobre la sexualidad. Sus principales resultados son
los siguientes:
a. La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas
exteriorizaciones.
b. Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de «sexual» y de «genital». El primero es el más
extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales.
c. La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con
posterioridad {nachträglich} al servicio de la reproducción. Es frecuente que ambas funciones no lleguen a
superponerse por completo.
El principal interés se dirige, desde luego, a la primera tesis, de todas la más inesperada. Se ha demostrado que, a
temprana edad, el niño da señales de una actividad corporal a la que sólo un antiguo prejuicio pudo rehusar el nombre
de sexual, y a la que se conectan fenómenos psíquicos que hallamos más tarde en la vida amorosa adulta; por
ejemplo, la fijación a determinados objetos, los celos, etc. Pero se comprueba, además, que estos fenómenos que
emergen en la primera infancia responden a un desarrollo acorde a ley, tienen un acrecentamiento regular,
alcanzando un punto culminante hacia el final del quinto año de vida, a lo que sigue un período de reposo. En el curso
de este se detiene el progreso, mucho es desaprendido e involuciona.
Trascurrido este período, llamado «de latencia», la vida sexual prosigue con la pubertad; podríamos decir: vuelve a
aflorar. Aquí tropezamos con el hecho de una acometida en dos tiempos de la vida sexual, desconocida fuera del ser
humano y que, evidentemente, es muy importante para la hominización (ver nota(175)). No es indiferente que los
eventos de esta época temprana de la sexualidad sean víctima, salvo unos restos, de la amnesia infantil. Nuestras
intuiciones sobre la etiología de las neurosis y nuestra técnica de terapia analítica se anudan a estas concepciones. El
estudio de los procesos de desarrollo de esa época temprana también ha brindado pruebas para otras tesis. El primer
órgano que aparece como zona erógena y propone al alma una exigencia libidinosa es, a partir del nacimiento, la
boca. Al comienzo, toda actividad anímica se acomoda de manera de procurar satisfacción a la necesidad de esta
zona. Desde luego, ella sirve en primer término a la autoconservación por vía del alimento, pero no es lícito confundir
fisiología con psicología.
Muy temprano, en el chupeteo en que el niño persevera obstinadamente se evidencia una necesidad de satisfacción
que -si bien tiene por punto de partida la recepción de alimento y es incitada por esta- aspira a una ganancia de placer
independiente de la nutrición, y que por eso puede y debe ser llamada sexual. Ya durante esta fase «oral» entran en
escena, con la aparición de los dientes, unos impulsos sádicos aislados. Ello ocurre en medida mucho más vasta en la
segunda fase, que llamamos «sádico-anal» porque aquí la satisfacción es buscada en la agresión y en la función
excretoria. Fundamos nuestro derecho a anotar bajo el rótulo de la libido las aspiraciones agresivas en la concepción
de que el sadismo es una mezcla pulsional de aspiraciones puramente libidinosas con otras destructivas puras, una
mezcla que desde entonces no se cancela más
La tercera fase es la llamada «fálica», que, por así decir como precursora, se asemeja ya en un todo a la plasmación
última de la vida sexual. Es digno de señalarse que no desempeñan un papel aquí los genitales de ambos sexos, sino
sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados; el niño, en su intento de
comprender los procesos sexuales, rinde tributo a la venerable teoría de la cloaca, que tiene su justificación genética
Con la fase fálica, y en el trascurso de ella, la sexualidad de la primera infancia alcanza su apogeo y se aproxima al
sepultamiento. Desde entonces, varoncito y niña tendrán destinos separados. Ambos empezaron por poner su
actividad intelectual al servicio de la investigación sexual, y ambos parten de la premisa de la presencia universal del
pene. Pero ahora los caminos de los sexos se divorcian. El varoncito entra en la fase edípica, inicia el quehacer
manual con el pene, junto a unas fantasías simultáneas sobre algún quehacer sexual de este pene en relación con la
madre, hasta que el efecto conjugado de una amenaza de castración y la visión de la falta de pene en la mujer le
hacen experimentar el máximo trauma de su vida, iniciador del período de latencia con todas sus consecuencias. La
niña, tras el infructuoso intento de emparejarse al varón, vivencia el discernimiento de su falta de pene o, mejor, de su
inferioridad clitorídea, con duraderas consecuencias para el desarrollo del carácter; y a menudo, a raíz de este primer
desengaño en la rivalidad, reacciona lisa y llanamente con un primer extrañamiento de la vida sexual.
Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a
agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales
parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una
organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento
de la aspiración general de placer dentro de la función sexual. La organización plena sólo se alcanza en la pubertad,
en una cuarta fase, «genital». Así queda establecido un estado en que: 1) se conservan muchas investiduras
libidinales tempranas; 2) otras son acogidas dentro de la función sexual como unos actos preparatorios, de apoyo,
cuya satisfacción da por resultado el llamado «placer previo», y 3) otras aspiraciones son excluidas de la organización
y son por completo sofocadas (reprimidas) o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos
de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de meta. Este proceso no siempre se consuma de manera
impecable. Las inhibiciones en su desarrollo se presentan como las múltiples perturbaciones de la vida sexual. En
tales casos han preexistido fijaciones de la libido a estados de fases más tempranas, cuya aspiración, independiente
de la meta sexual normal, es designada perversión. Una inhibición así del desarrollo es, por ejemplo, la
homosexualidad cuando es manifiesta. El análisis demuestra que una ligazón de objeto homosexual preexistía en
todos los casos y, en la mayoría, se conservó latente. Las constelaciones se complican por el hecho de que, en
general, no es que los procesos requeridos para producir el desenlace normal se consumen o estén ausentes a secas,
sino que se consuman de manera parcial,de suerte que la plasmación final depende de estas relaciones cuantitativas.
En tal caso, se alcanza, sí, la organización genital, pero debilitada en los sectores de libido que no acompañaron ese
desarrollo y permanecieron fijados a objetos y metas pregenitales. Ese debilitamiento se muestra en la inclinación de
la libido a retroceder hasta las investiduras pregenitales anteriores (regresión) en caso de no satisfacción genital o de
dificultades objetivas.
Durante el estudio de las funciones sexuales pudimos obtener una primera y provisional convicción o, mejor dicho, una
vislumbre de dos íntelecciones que más tarde se revelarán importantes por todo este ámbito. La primera, que los
fenómenos normales y anormales que observamos (es decir, la fenomenología) demandan ser descritos desde el
punto de vista de la dinámica y la economía (en nuestro caso, la distribución cuantitativa de la libido); y la segunda,
que la etiología de las perturbaciones por nosotros estudiadas se halla en la historia de desarrollo, o sea, en la primera
infancia del individuo.
Cualidades psíquicas
Hemos descrito el edificio del aparato psíquico, las energías o fuerzas activas en su interior, y con relación a un
destacado ejemplo estudiamos el modo en que estas energías, principalmente la libido, se organizan en una función
fisiológica al servicio de la conservación de la especie. Pero nada de ello subrogaba el carácter enteramente peculiar
de lo psíquico, prescindiendo, desde luego, del hecho empírico de que ese aparato y esas energías están en la base
de las funciones que llamamos nuestra vida anímica. Ahora pasamos a lo que es característico y único de eso
psíquico, y aun, de acuerdo con una muy difundida opinión, coincide con lo psíquico por exclusión de lo otro.
El punto de partida para esta indagación lo da el hecho de la conciencia, hecho sin parangón, que desafía todo intento
de explicarlo y describirlo. Y, sin embargo, sí uno habla de conciencia, sabe de manera inmediata y por su experiencia
personal más genuina lo que se mienta con ello. Muchos, situados tanto dentro de la ciencia como fuera de ella, se
conforman con adoptar el supuesto de que la conciencia es, sólo ella, lo psíquico, y entonces en la psicología no resta
por hacer más que distinguir en el interior de la fenomenología psíquica entre percepciones, sentimientos, procesos
cognitivos y actos de voluntad. Ahora bien, hay general acuerdo en que estos procesos concientes no forman unas
series sin lagunas, cerradas en sí mismas, de suerte que no habría otro expediente que adoptar el supuesto de unos
procesos físicos o somáticos concomitantes de lo psíquico, a los que parece preciso atribuir una perfección mayor que
a las series psíquicas, pues algunos de ellos tienen procesos concientes paralelos y otros no. Esto sugiere de una
manera natural poner el acento, en psicología, sobre estos procesos somáticos, reconocer en ellos lo psíquico
genuino y buscar una apreciación diversa para los procesos concientes. Ahora bien, la mayoría de los filósofos, y
muchos otros aún, se revuelven contra esto y declaran que algo psíquico inconciente sería un contrasentido.
Sin embargo, tal es la argumentación que el psicoanálisis se ve obligado a adoptar, y este es su segundo supuesto
fundamental.Declara que esos procesos concomitantes presuntamente somáticos son lo psíquico genuino, y para
hacerlo prescinde al comienzo de la cualidad de la conciencia. Y no está solo en esto. Muchos pensadores, por
ejemplo Theodor Lipps(179), han formulado lo mismo con iguales palabras, y el universal descontento con la
concepción usual de lo psíquico ha traído por consecuencia que algún concepto de lo inconciente demandara, con
urgencia cada vez mayor, ser acogido en el pensar psicológico, sí bien lo consiguió de un modo tan impreciso e
inasible que no pudo cobrar influjo alguno sobre la ciencia. No obstante que en esta diferencia entre el psicoanálisis y
la filosofía pareciera tratarse sólo de un desdeñable problema de definición sobre si el nombre de «psíquico» ha de
darse a esto o a esto otro, en realidad ese paso ha cobrado una significatividad enorme. Mientras que la psicología de
la conciencia nunca salió de aquellas series lagunosas, que evidentemente dependen de otra cosa, la concepción
según la cual lo psíquico es en sí inconciente permite configurar la psicología como una ciencia natural entre las otras.
Los procesos de que se ocupa son en sí tan indiscernibles como los de otras ciencias, químicas o físicas, pero es
posible establecer las leyes a que obedecen, perseguir sus vínculos recíprocos y sus relaciones de dependencia sin
dejar lagunas por largos trechos -o sea, lo que se designa como entendimiento del ámbito de fenómenos naturales en
cuestión-. Para ello, no puede prescindir de nuevos supuestos ni de la creación de conceptos nuevos, pero a estos no
se los ha de menospreciar como testimonios de nuestra perplejidad, sino que ha de estimárselos como
enriquecimientos de la ciencia; poseen títulos para que se les otorgue, en calidad de aproximaciones, el mismo valor
que a las correspondientes construcciones intelectuales auxiliares de otras ciencias naturales, y esperan ser
modificados, rectificados y recibir una definición más fina mediante una experiencia acumulada y tamizada. Por tanto,
concuerda en un todo con nuestra expectativa que los conceptos fundamentales de la nueva ciencia, sus principios
(pulsión, energía nerviosa, entre otros), permanezcan durante largo tiempo tan imprecisos como los de las ciencias
más antiguas (fuerza, masa, atracción).
Todas las ciencias descansan en observaciones y experiencias mediadas por nuestro aparato psíquico; pero como
nuestra ciencia tiene por objeto a ese aparato mismo, cesa la analogía. Hacemos nuestras observaciones por medio
de ese mismo aparato de percepción, justamente con ayuda de las lagunas en el interior de lo psíquico, en la medida
en que completamos lo faltante a través de unas inferencias evidentes y lo traducimos a material conciente. De tal
suerte, establecemos, por así decir, una serie complementaria conciente de lo psíquico inconciente. Sobre el carácter
forzoso de estas inferencias reposa la certeza relativa de nuestra ciencia psíquica. Quien profundice en este trabajo
hallará que nuestra técnica resiste cualquier crítica.
En el curso de ese trabajo se nos imponen los distingos que designamos como cualidades psíquicas. En cuanto a lo
que llamamos «conciente», no hace falta que lo caractericemos; es lo mismo que la conciencia de los filósofos y de la
opinión popular. Todo lo otro psíquico es para nosotros lo «inconciente». Enseguida nos vemos llevados a suponer
dentro de eso inconciente una importante separación. Muchos procesos nos devienen con facilidad concientes, y si
luego no lo son más, pueden devenirlo de nuevo sin dificultad; como se suele decir, pueden ser reproducidos o
recordados. Esto nos avisa que la conciencia en general no es sino un estado en extremo pasajero. Lo que es
conciente, lo es sólo por un momento. Si nuestras percepciones no corroboran esto, no es más que una contradicción
aparente; se debe a que los estímulos de la percepción pueden durar un tiempo más largo, siendo así posible repetir
la percepción de ellos. Todo este estado de cosas se vuelve más nítido en torno de la percepción conciente de
nuestros procesos cognitivos, que por cierto también perduran, pero de igual modo pueden discurrir en un instante.
Entonces, preferimos llamar «susceptible de conciencia» o preconciente a todo lo inconciente que se comporta de esa
manera -o sea, que puede trocar con facilidad el estado inconciente por el estado conciente-. La experiencia nos ha
enseñado que difícilmente exista un proceso psíquico, por compleja que sea su naturaleza, que no pueda permanecer
en ocasiones preconciente aunque por regla general se adelante hasta la conciencia, como lo decimos en nuestra
terminología. Otros procesos psíquicos, otros contenidos, no tienen un acceso tan fácil al devenir-conciente, sino que
es preciso inferirlos de la manera descrita, colegirlos y traducirlos a expresión conciente. Para estos reservamos el
nombre de «lo inconciente genuino».
Así pues, hemos atribuido a los procesos psíquicos tres cualidades: ellos son concientes, preconcientes o
inconcientes. La separación entre las tres clases de contenidos que llevan esas cualidades no es absoluta ni
permanente. Lo que es preconciente deviene conciente, según vemos, sin nuestra colaboración; lo inconciente puede
ser hecho conciente en virtud de nuestro empeño, a raíz de lo cual es posible que tengamos a menudo la sensación
de haber vencido unas resistencias intensísimas. Cuando emprendemos este intento en otro individuo, no debemos
olvidar que el llenado conciente de sus lagunas perceptivas, la construcción que le proporcionamos, no significa
todavía que hayamos hecho conciente en él mismo el contenido inconciente en cuestión. Es que este contenido al
comienzo está presente en él en una fijación(181) doble: una vez, dentro de la reconstrucción conciente que ha
escuchado, y, además, en su estado inconciente originario. Luego, nuestro continuado empeño consigue las más de
las veces que eso inconciente le devenga conciente a él mismo, por obra de lo cual las dos fijaciones pasan a
coincidir. La medida de nuestro empeño, según la cual estimamos nosotros la resistencia al devenir-conciente, es de
magnitud variable en cada caso. Por ejemplo, lo que en el tratamiento analítico es el resultado de nuestro empeño
puede acontecer también de una manera espontánea, un contenido de ordinario inconciente puede mudarse en uno
preconciente y luego devenir conciente, como en vasta escala sucede en estados psicóticos. De esto inferimos que el
mantenimiento de ciertas resistencias internas es una condición de la normalidad. Un relajamiento así de las
resistencias, con el consecuente avance de un contenido inconciente, se produce de manera regular en el estado del
dormir, con lo cual queda establecida la condición para que se formen sueños. A la inversa, un contenido preconciente
puede ser temporariamente inaccesible, estar bloqueado por resistencias, como ocurre en el olvido pasajero
(escaparse algo de la memoria), o aun cierto pensamiento preconciente puede ser trasladado temporariamente al
estado inconciente, lo que parece ser la condición del chiste. Veremos que una mudanza hacia atrás como esta, de
contenidos (o procesos) preconcientes al estado inconciente, desempeña un gran papel en la causación de
perturbaciones neuróticas.
Expuesta así, con esa generalidad y simplificación, la doctrina de las tres cualidades de lo psíquico más parece una
fuente de interminables confusiones que un aporte al esclarecimiento. Pero no se olvide que en verdad no es una
teoría, sino una primera rendición de cuentas sobre los hechos de nuestras observaciones; ella se atiene con la mayor
cercanía posible a esos hechos, y no intenta explicarlos. Y acaso las complicaciones que pone en descubierto
permitan aprehender las particulares dificultades con que tiene que luchar nuestra investigación. Pero cabe conjeturar
que esta doctrina se nos hará más familiar cuando estudiemos los vínculos que se averiguan entre las cualidades
psíquicas y las provincias o instancias del aparato psíquico, por nosotros supuestas. Es cierto que tampoco estos
vínculos tienen nada de simples.
El devenir-conciente se anuda, sobre todo, a las percepciones que nuestros órganos sensoriales obtienen del mundo
exterior. Para el abordaje tópico, por tanto, es un fenómeno que sucede en el estrato cortical más exterior del yo. Es
cierto que también recibirnos noticias concientes del interior del cuerpo, los sentimientos, y aun ejercen estos un influjo
más imperioso sobre nuestra vida anímica que las percepciones externas; además, bajo ciertas circunstancias,
también los órganos de los sentidos brindan sentimientos, sensaciones de dolor, diversas de sus percepciones
específicas. Pero dado que estas sensaciones, como se las llama para distinguirlas de las percepciones concientes,
parten también de los órganos terminales, y a todos estos los concebimos como prolongación, como unos emisarios
del estrato cortical, podemos mantener la afirmación anterior. La única diferencia sería que para los órganos
terminales, en el caso de las sensaciones y sentimientos, el cuerpo mismo sustituiría al mundo exterior.
Unos procesos concientes en la periferia del yo, e inconciente todo lo otro en el interior del yo: ese sería el más simple
estado de cosas que deberíamos adoptar como supuesto. Acaso sea la relación que efectivamente exista entre los
animales; en el hombre se agrega una complicación en virtud de la cual también procesos interiores del yo pueden
adquirir la cualidad de la conciencia. Esto es obra de la función del lenguaje, que conecta con firmeza los contenidos
del yo con restos mnémicos de las percepciones visuales, pero, en particular, de las acústicas. A partir de ahí, la
periferia percipiente del estrato cortical puede ser excitada desde adentro en un radio mucho mayor, pueden devenir
concientes procesos internos, así como decursos de representación y procesos cognitivos, y es menester un
dispositivo particular que diferencie entre ambas posibilidades, el llamado examen de realidad: La equiparación
percepción = realidad objetiva (mundo exterior) se ha vuelto cuestionable. Errores que ahora se producen con
facilidad, y de manera regular en el sueño, reciben el nombre de alucinaciones.
El interior del yo, que abarca sobre todo los procesos cognitivos, tiene la cualidad de lo preconciente. Esta cualidad es
característica del yo, le corresponde sólo a él. Sin embargo, no sería correcto hacer de la conexión con los restos
mnémicos del lenguaje la condición del estado preconciente; antes bien, este es independiente de aquella, aunque la
presencia de esa conexión permite inferir con certeza la naturaleza preconciente del proceso. No obstante, el estado
preconciente, singularizado por una parte en virtud de su acceso a la conciencia y, por la otra, merced a su enlace con
los restos de lenguaje, es algo particular, cuya naturaleza estos dos caracteres no agotan. La prueba de ello es que
grandes sectores del yo, sobre todo del superyó -al cual no se le puede cuestionar el carácter de lo preconciente-, las
más de las veces permanecen inconcientes en el sentido fenomenológico. No sabemos por qué es preciso que sea
así. Más adelante intentaremos abordar el problema de averiguar la efectiva naturaleza de lo preconciente.
Lo inconciente es la cualidad que gobierna de manera exclusiva en el interior del ello. Ello e inconciente se copertenecen
de manera tan íntima como yo y preconciente, y aun la relación es en el primer caso más excluyente aún.
Una visión retrospectiva sobre la historia de desarrollo de la persona y su aparato psíquico nos permite comprobar un
sustantivo distingo en el interior del ello. Sin duda que en el origen todo era ello; el yo se ha desarrollado por el
continuado influjo del mundo exterior sobre el ello. Durante ese largo desarrollo, ciertos contenidos del ello se
mudaron al estado preconciente y así fueron recogidos en el yo. Otros permanecieron inmutados dentro del ello como
su núcleo, de difícil acceso. Pero en el curso de ese desarrollo, el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el
estado inconciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas
que habría podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que estas, rechazadas, sólo podrían dejar como
secuela una huella en el ello. A este último sector del ello lo llamamos, por miramiento a su génesis, lo reprimido
(esforzado al desalojo}. Importa poco que no siempre podamos distinguir de manera tajante entre estas dos categorías
en el interior del ello. Coinciden, aproximadamente, con la separación entre lo congénito originario y lo adquirido en el
curso del desarrollo yoico.
Ahora bien, si nos hemos decidido a la descomposición tópica del aparato psíquico en yo y ello, con la cual corre
paralelo el distingo de la cualidad de preconciente e inconciente, y hemos considerado esta cualidad sólo como un
indicio del distingo, no como su esencia, ¿en qué consiste la naturaleza genuina del estado que se denuncia en el
interior del ello por la cualidad de lo inconciente, y en el interior del yo por la de lo preconciente, y en qué consiste el
distingo entre ambos?
Pues bien; sobre eso nada sabemos, y desde el trasfondo de esta ignorancia, envuelto en profundas tinieblas,
nuestras escasas intelecciones se recortan harto mezquinas. Nos hemos aproximado aquí al secreto de lo psíquico,
en verdad todavía no revelado. Suponemos, según estamos habituados a hacerlo por otras ciencias naturales, que en
la vida anímica actúa unaclase de energía, pero nos falta cualquier asidero para acercarnos a su conocimiento por
analogía con otras formas de energía. Creemos discernir que la energía nerviosa o psíquica se presenta en dos
formas, una livianamente móvil y una más bien ligada; hablamos de investiduras y sobreinvestiduras de los
contenidos, y aun aventuramos la conjetura de que una «sobreinvestidura» establece una suerte de síntesis de
diversos procesos, en virtud de la cual la energía libre es traspuesta en energía ligada.
Si bien no hemos avanzado más allá de ese punto, sostenemos la opinión de que el distingo entre estado inconciente
y preconciente se sitúa en constelaciones dinámicas de esa índole, lo cual permitiría entender que uno de ellos pueda
ser trasportado al otro de manera espontánea o mediante nuestra colaboración.
Tras todas estas incertidumbres se asienta, empero, un hecho nuevo cuyo descubrimiento debemos a la investigación
psicoanalítica. Hemos averiguado que los procesos de lo inconciente o del ello obedecen a leyes diversas que los
producidos en el interior del yo preconciente. A esas leyes, en su totalidad, las llamamos proceso primario, por
oposición al proceso secundario que regula los decursos en lo preconciente, en el yo. De este modo, pues, el estudio
de las cualidades psíquicas no se habría revelado infecundo a la postre.
Un ejemplo:
La interpretación de los sueños
La indagación de estados normales, estables, en los que las fronteras del yo respecto del ello están aseguradas
mediante resistencias (contrainvestiduras), en los que esas fronteras no se han movido y el superyó no se distingue
del yo pues ambos trabajan de consuno, una indagación así, decimos, nos aportaría escaso esclarecimiento. Sólo
podrán hacernos adelantar los estados de conflicto y de sublevación, cuando el contenido del ello inconciente tiene
perspectivas de penetrar en la conciencia y el yo ha vuelto a ponerse en guardia contra su intrusión. Sólo bajo estas
condiciones podemos hacer las observaciones que confirmen o rectifiquen nuestras noticias sobre ambos
copartícipes. Ahora bien, un estado así es el dormir nocturno, y por eso mismo la actividad psíquica en el dormir, que
percibimos como sueño, es nuestro objeto de estudio más propicio. Además, de ese modo evitamos el reproche, oído
con tanta frecuencia, de que nosotros construiríamos la vida anímica normal siguiendo los hallazgos de la patología;
en efecto, el sueño es un suceso regular en la vida de los seres humanos normales, aun cuando sus caracteres se
puedan distinguir de las producciones de nuestra vida de vigilia. El sueño, como es de todos consabido, puede ser
confuso, ininteligible, sin sentido alguno; llegado el caso, sus indicaciones contradicen todo nuestro saber de la
realidad, y nos comportamos como unos enfermos mentales pues, mientras soñamos, atribuimos a los contenidos del
sueño una realidad objetiva.
Echamos a andar por el camino hacía el entendimiento («interpretación») del sueño si suponemos que aquello por
nosotros recordado como sueño tras el despertar no es el proceso onírico efectivo y real, sino sólo una fachada tras la
cual el sueño se oculta. Es nuestro distingo entre un contenido manifiesto del sueño y los pensamientos oníricos
latentes. Y llamamos trabajo del sueño al proceso que de los segundos hace surgir el primero. El estudio del trabajo
del sueño nos enseña, mediante un destacado ejemplo, cómo un material inconciente, un material originario y
reprimido, se impone al yo, deviene preconciente y en virtud de la revuelta del yo experimenta las alteraciones que
conocemos como desfiguración onírica. Ninguno de los caracteres del sueño deja de hallar esclarecimiento de esta
manera.
Lo mejor es empezar comprobando que hay dos clases de ocasiones para la formación del sueño. O bien una moción
pulsional de ordinario sofocada (un deseo inconciente) ha hallado mientras uno duerme la intensidad que le permite
hacerse valer en el interior del yo, o bien una aspiración que quedó pendiente de la vida de vigilia, una ilación de
pensamiento preconciente con todas las mociones conflictivas que de ella dependen, ha hallado en el dormir un
refuerzo por un elemento inconciente. Vale decir, sueños desde el ello o desde el yo. El mecanismo de la formación
del sueño es para ambos casos el mismo, y también la condición dinámica es idéntica. El yo prueba su tardía génesis
a partir del ello suspendiendo temporariamente sus funciones y permitiendo el regreso a un estado anterior. Esto
acontece de la manera correcta cuando interrumpe sus vínculos con el mundo exterior y retira sus investiduras de los
órganos de los sentidos. Uno puede decir, con derecho, que al nacer se ha engendrado una pulsión a regresar a la
vida intrauterina abandonada, una pulsión de dormir. El dormir es un regreso tal al seno materno. Como el yo de la
vigilia gobierna la motilidad, esta función está paralizada en el estado del dormir y, por eso, se vuelven superfluas
buena parte de las inhibiciones que pesaban sobre el ello inconciente. De esta manera, el recogimiento o rebajamiento
de esas «contrainvestiduras» permite al ello una medida de libertad que ahora es inocua.
Las pruebas de la participación del ello inconciente en la formación del sueño son abundantes y de fuerza
demostrativa. a) La memoria del sueño es mucho más amplia que la del estado de vigilia. El sueño trae recuerdos que
el soñante ha olvidado y le eran inasequibles en la vigilia. b) El sueño usa sin restricción alguna unos símbolos
lingüísticos cuyo significado el soñante la mayoría de las veces desconoce. Empero, mediante nuestra experiencia
podemos corroborar su sentido. Es probable que provengan de fases anteriores del desarrollo del lenguaje. c) La
memoria del sueño reproduce muy a menudo impresiones de la primera infancia del soñante, de las cuales podemos
aseverar de manera precisa que no sólo han sido olvidadas, sino que devinieron inconcientes por obra de la represión.
Sobre esto se basa la ayuda, indispensable las más de las veces, que el sueño presta para reconstruir la primera
infancia del soñante, cosa que nosotros intentamos en el tratamiento analítico de las neurosis. d) Además, el sueño
saca a la luz contenidos que no pueden provenir de la vida madura ni de la infancia olvidada del soñante. Nos vemos
obligados a considerarlos parte de la herencia arcaica que el niño trae congénita al mundo, antes de cualquier
experiencia propia, influido por el vivenciar de los antepasados. Y luego hallamos el pendant de ese material
filogenético en las sagas más antiguas de la humanidad y en las supervivencias de la costumbre. El sueño se erige
así, respecto de la prehistoria humana, en una fuente no despreciable.
Ahora bien, lo que vuelve al sueño tan inestimable para nuestra intelección es la circunstancia de que el material
inconciente trae consigo, cuando penetra en el yo, sus modalidades de trabajo. Esto quiere decir que los
pensamientos preconcientes en los cuales halló su expresión son tratados, en el curso del trabajo del sueño, como si
fueran sectores inconcientes del ello; y, en el otro caso de formación del sueño, los pensamientos preconcientes que
consiguieron un refuerzo de la moción pulsional inconciente son degradados al estado inconciente. Sólo por este
camino averiguamos las leyes del decurso en el interior de lo inconciente, y aquello que las distingue de las reglas, por
nosotros consabidas, del pensar de vigilia. El trabajo del sueño es, pues, en lo esencial, un caso de elaboración
inconciente de procesos de pensamiento preconcientes. Para tomar un símil de la historia: Los conquistadores que
penetran con violencia en un país no lo tratan según el derecho que ahí encuentran, sino de acuerdo con el suyo
propio. Sin embargo, el resultado del trabajo del sueño es inequívocamente un compromiso. En la desfiguración
impuesta al material inconciente y en los intentos, harto a menudo insuficientes, por dar al todo una forma todavía
aceptable para el yo (elaboración secundaria), se discierne el influjo de la organización yoica aún no paralizada. Es, en
nuestro símil, la expresión de la resistencia que signen ofreciendo los sometidos.
Las leyes del decurso en lo inconciente que de este modo salen a la luz son asaz raras y bastan para explicar la
mayor parte de lo que en el sueño nos parece ajeno. Hay, sobre todo, una llamativa tendencia a la condensación, una
inclinación a formar nuevas unidades con elementos que en el pensar de vigilia habríamos mantenido sin duda
separados. A consecuencia de ello, un único elemento del sueño manifiesto suele subrogar a todo un conjunto de
pensamientos oníricos latentes como si fuera una alusión común a estos, y, en general, la extensión del sueño
manifiesto está extraordinariamente abreviada por comparación al rico material del cual surgió. Otra propiedad del
trabajo del sueño, no del todo independiente de la primera, es la presteza para el desplazamiento de intensidades
psíquicas (investiduras) de un elemento sobre otro, de suerte que a menudo en el sueño manifiesto un elemento
aparece como el más nítido y, por ello, como el más importante, pese a que en los pensamientos oníricos era
accesorio; y a la inversa, elementos esenciales de los pensamientos oníricos son subrogados en el sueño manifiesto
sólo por unos indicios mínimos. Además, al trabajo del sueño le bastan, las más de las veces, unas relaciones de
comunidad harto ínfimas para sustituir un elemento por otro en todas las operaciones ulteriores. Bien se advierte
cuánto habrán de dificultar estos mecanismos de la condensación y el desplazamiento la interpretación del sueño y el
descubrimiento de los vínculos entre sueño manifiesto y pensamientos oníricos latentes. De la prueba de estas dos
tendencias a la condensación y el desplazamiento, nuestrateoría deduce que en el ello inconciente la energía se
encuentra en un estado de movilidad más libre, y que al ello le importa, más que nada, la posibilidad de la descarga
para cantidades de excitación (vere nota(183)); así, nuestra teoría emplea ambas propiedades para caracterizar el
proceso primario atribuido al ello. Por el estudio del trabajo del sueño hemos tomado noticia de muchas otras
particularidades, tan asombrosas como importantes, de los procesos que ocurren en el interior de lo inconciente.
Aquí hemos de mencionar sólo algunas. Las reglas decisorias de la lógica no tienen validez alguna en lo inconciente;
se puede decir que es el reino de la alógica. Aspiraciones de metas contrapuestas coexisten lado a lado en lo
inconciente sin mover a necesidad alguna de compensarlas. O bien no se influyen para nada entre si, o, si ello ocurre,
no se produce ninguna decisión, sino un compromiso que se vuelve disparatado por incluir juntos unos elementos
inconciliables. Con esto se relaciona que los opuestos no se separen, sino que sean tratados como idénticos, de
suerte que en el sueño manifiesto cada elemento puede significar también su contrario. Algunos lingüistas han
discernido que en las lenguas más antiguas sucedía lo mismo, y opuestos como fuerte-débil, claro-oscuro, altoprofundo
se expresaban originariamente por medio de una misma raíz, hasta que dos diversas modificaciones de la
palabra primordial separaron entre sí ambos significados. Restos del doble sentido originario se conservarían en una
lengua tan evolucionada como el latín, en el uso de «altus» («alto» y «profundo»), «sacer» («sagrado» e «impío»), etc.
En vista de la complicación y la multivocidad {Vieldeutigkeit; «indicación múltiple»} de los vínculos entre el sueño
manifiesto y el contenido latente, que tras aquel yace, es desde luego legítimo preguntar por el camino siguiendo el
cual se consigue derivar lo uno de lo otro, y si para esto sólo dependemos de la suerte que tengamos en colegirlo,
apoyándonos acaso en la traducción de los símbolos que aparecen en el sueño manifiesto. Se está autorizado a
informar lo siguiente: En la gran mayoría de los casos esa tarea admite solución satisfactoria, pero ello sólo con ayuda
de las asociaciones que el soñante mismo brinde para los elementos del contenido manifiesto. Cualquier otro
procedimiento será arbitrario y no proporcionará seguridad alguna. Pues bien, las asociaciones del soñante traen a la
luz los eslabones intermedios que insertamos en las lagunas entre ambos [el contenido manifiesto y el latente] y con
cuyo auxilio restablecemos el contenido latente del sueño, podemos «interpretar» el sueño. No es asombroso que en
ocasiones este trabajo de interpretación, contrapuesto al trabajo del sueño, no alcance la certeza plena.
Nos queda todavía por dar el esclarecimiento dinámico de la razón por la cual el yo durmiente asume la tarea del
trabajo del sueño. Por suerte, es fácil descubrirlo. Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo
inconciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una
duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo
durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como unaperturbación y
procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda,
para cancelarla, un cumplimiento de deseo que es inofensivo bajo esas circunstancias. Esta sustitución de la demanda
por un cumplimiento de deseo constituye la operación esencial del trabajo del sueño. Quizá no huelgue ilustrar esto
con tres ejemplos simples: un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual. En el soñante,
dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía
la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre
mediante el sueño. Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar.
El otro caso: el soñante (es médico y} debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue
durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien
por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que
mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que
esta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.
Desde luego que no todos los casos se presentan tan simples; en particular, en los sueños que parten de restos
diurnos no tramitados y no han hecho sino procurarse en el estado del dormir un refuerzo inconciente, suele no ser
fácil poner en descubierto la fuerza pulsional inconciente y su cumplimiento de deseo, pero es lícito suponer su
presencia en todos los casos. La tesis de que el sueño es un cumplimiento de deseo será recibida con incredulidad si
se recuerda cuántos sueños poseen un contenido directamente penoso o aun hacen que el soñante despierte presa
de angustia, para no hablar de los tantísimos sueños que carecen de un tono de sentimiento definido. Pero la objeción
del sueño de angustia no resiste al análisis. No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un
conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconciente es una satisfacción puede ser para
el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia. Según ande el trabajo del sueño, unas veces lo inconciente se habrá
abierto paso mejor, y otras el yo se habrá defendido con más energía. Los sueños de angustia son casi siempre
aquellos cuyo contenido ha experimentado la desfiguración mínima. Si la demanda de lo inconciente se vuelve
demasiado grande, a punto tal que el yo durmiente ya no sea capaz de defenderse de ella con los medios de que
dispone, este resignará el deseo de dormir y regresará a la vida despierta. Se dará razón de todas las experiencias
diciendo que el sueño es siempre un intento de eliminar la perturbación del dormir por medio de un cumplimiento de
deseo; que es, por tanto, el guardián del dormir. Ese intento puede lograrse de manera más o menos perfecta;
también puede fracasar, y entonces el durmiente despierta, en apariencia por obra de ese mismo sueño. De igual
modo, el valiente guardián nocturno cuya misión es velar por el reposo de la pequeña ciudad no tiene más remedio, en
ciertas circunstancias, que armar alboroto y despertar a los ciudadanos que duermen.
Para concluir estas elucidaciones, asentemos la comunicación que justificará el habernos demorado tanto en el
problema de la interpretación de los sueños. Ha resultado que los mecanismos inconcientes que hemos discernido
merced al estudio del trabajo del sueño, y que nos explicaron la formación de este, permiten también inteligir las
enigmáticas formaciones de síntoma en virtud de las cuales las neurosis y psicosis reclaman nuestro interés. Una
coincidencia como esta no puede menos que despertar en nosotros grandes esperanzas.

jueves, 10 de junio de 2010

AVANCES EN ATENCION PSICOSOCIAL - Artículo de Página 12 de la fecha

El viernes vamos visitar la comunidad terapéutica. Justamente salió un artículo en Página 12 que va en la línea de lo que trabajamos y que puede disparar algunas preguntas respectos de la internación.

Haga clik en el título para acceder al artículo a que hago referencia.

miércoles, 2 de junio de 2010

martes, 4 de mayo de 2010

domingo, 2 de mayo de 2010

domingo, 25 de abril de 2010

martes, 20 de abril de 2010

Crean por decreto una dirección nacional de salud mental y adicciones - Pensando en la atención de los adictos

Cliquée en el título y acceda a la nota de Página 12 de la fecha.

cuadro de Charles Müller (1815-1892) en el que se representa a Philippe Pinel

Al entrar en la Academia Nacional de Medicina de París, puede admirarse el
conocido cuadro de Charles Müller (1815-1892) en el que se representa a Philippe
Pinel (1745-1826) ordenando liberar de sus cadenas a los locos de Bicêtre.

Michel Foucault -

Extracción de la piedra de la locura

Clik en el título para acceder a información sobre el cuadro del Bosco "La piedra de la locura"

sábado, 17 de abril de 2010

ALUMNOS QUE INTERPELAN A LA INSTITUCION ESCOLAR

 "Los niños que no logran adaptarse o incluirse a la dinámica de la institución escolar reciben el diagnóstico de ADD (“desorden por déficit de atención”). Aquello que en otras épocas solía denominarse como fracaso escolar, problemas de aprendizaje o los clásicos problemas de conducta, hoy queda incluido en una sola expresión, que concierne sólo al niño y lo determina en su ser: “Es un ADD”. Nuestro equipo encuentra chicos que vienen medicados desde los tres años. Saben que deben tomar su pastillita de lunes a viernes para portarse bien en la escuela."

Se puede acceder al artículo cliqueando el título

viernes, 2 de abril de 2010

Sobre la esquizofrenia

Argumento sobre un seminario sobre la esquizofrenia. Cliquee el título para acceder al texto

martes, 23 de marzo de 2010

Estudios sobre la histeria - Freud Sigmund. Caso señorita Elisabeth von R. AE


Señorita Elisabeth von R. (Freud)
En el otoño de 1892, un colega de mi amistad me pidió que examinase a una joven dama que
desde hacía más de dos años padecía de dolores en las piernas y caminaba mal. -Agregó a su
solicitud que consideraba el caso como una histeria, aunque no se hallara en él nada de los
signos habituales de la neurosis. Conocía un poco a la familia y sabía que en los últimos años
se habían abatido sobre ella muchas desdichas y muy pocas cosas alegres le pasaban.
Primero había muerto el padre de la paciente; luego su madre debió someterse a una seria
operación de los ojos, y poco después una hermana casada sucumbió, tras un parto, a una
vieja dolencia cardíaca. En todas esas penas y todo ese cuidar enfermos nuestra paciente
había tenido la mayor participación.
No avancé mucho más en el entendimiento del caso después que hube visto por primera vez a
esta señorita de veinticuatro años. Parecía inteligente y psíquicamente normal, y sobrellevaba
con espíritu alegre su padecer, que le enervaba todo trato y todo goce; lo sobrellevaba' con la
«belle indifférence» de los histéricos(91), no pude menos que pensar yo. Caminaba con la parte
superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyo; su andar no respondía a ninguna
de las maneras de hacerlo conocidas por la patología, y por otra parte ni siquiera era
llamativamente torpe. Sólo que ella se quejaba de grandes dolores al caminar, y de una fatiga
que le sobrevenía muy rápido al hacerlo y al estar de pie; al poco rato buscaba una postura de
reposo en que los dolores eran menores, pero en modo alguno estaban ausentes. El dolor era
de naturaleza imprecisa; uno podía sacar tal vez en limpio: era una fatiga dolorosa. Una zona
bastante grande, mal deslindada, de la cara anterior del muslo derecho era indicada como el
foco de los dolores, de donde ellos partían con la mayor frecuencia y alcanzaban su máxima
intensidad. Empero, la piel y la musculatura eran ahí particularmente sensibles a la presión y el
pellizco; la punción con agujas se recibía de manera más bien indiferente. Esta misma
hiperalgesia de la piel y de los músculos no se registraba sólo en ese lugar, sino en casi todo el
ámbito de ambas piernas. Quizá los músculos eran más sensibles que la piel al dolor;
inequívocamente, las dos clases de sensibilidad dolorosa se encontraban más acusadas en los
muslos. No podía decirse que la fuerza motriz de las piernas fuera escasa; los reflejos eran de
mediana intensidad, y faltaba cualquier otro síntoma, de suerte que no se ofrecía ningún asidero
para suponer una afección orgánica más seria. La dolencia se había desarrollado poco a poco
desde hacía dos años, y era de intensidad variable.
No me resultaba fácil llegar a un diagnóstico, pero fui del mismo parecer que mi colega, por dos
razones. En primer lugar, era llamativo cuán imprecisas sonaban todas las indicaciones de la
enferma, de gran inteligencia sin embargo, acerca de los caracteres de sus dolores. Un
enfermo que padezca de dolores orgánicos, si no sufre de los nervios {nervós} además de esos
dolores, los describirá con precisión y tranquilidad: por ejemplo, dirá que son lacerantes, le
sobrevienen con ciertos intervalos, se extienden de esta a estotra parte, y que, en su opinión,
los, provoca tal o cual influjo. El neurasténico(92) que describe sus dolores impresiona como si
estuviera ocupado con un difícil trabajo intelectual, muy superior a sus fuerzas. La expresión de
su rostro es tensa y como deformada por el imperio de un afecto penoso; su voz se vuelve
chillona, lucha para encontrar las palabras, rechaza cada definición que el médico le propone
para sus dolores, aunque más tarde ella resulte indudablemente la adecuada; es evidente, opina
que el lenguaje es demasiado pobre para prestarle palabras a sus sensaciones, y estas
mismas son algo único, algo novedoso que uno no podría describir de manera exhaustiva, y por
eso no cesa de ir añadiendo nuevos y nuevos detalles; cuando se ve precisado a interrumpirlos,
seguramente lo domina la impresión de no haber logrado hacerse entender por el médico. Esto
se debe a que sus dolores han atraído su atención íntegra. En la señorita Von R. se tenía la
conducta contrapuesta, y, dado que atribuía empero bastante valor a los dolores, era preciso
inferir que su atención estaba demorada en algo otro -probablemente en pensamientos y
sensaciones que se entramaban con los dolores-.
Pero más determinante todavía para la concepción de esos dolores era por fuerza un segundo
aspecto. Cuando en un enfermo orgánico o en un neurasténico se estimula un lugar doloroso,
su fisonomía muestra la expresión, inconfundible, del desasosiego o el dolor físico; además el
enfermo se sobresalta, se sustrae del examen, se defiende. Pero cuando en la señorita Von R.
se pellizcaba u oprimía la piel y la musculatura hiperálgicas de la pierna, su rostro cobraba una
peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos chillidos -yo no podía menos que
pensar: como a raíz de unas voluptuosas cosquillas-, su rostro enrojecía, echaba la cabeza
hacia atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba hacia atrás. Nada de esto era demasiado
grueso, pero sí lo bastante nítido, y compatible sólo con la concepción de que esa dolencia era
una histeria y la estimulación afectaba una zona histerógena(93).
El gesto no armonizaba con el dolor que supuestamente era excitado por el pellizco de los
músculos y la piel; probablemente concordaba mejor con el contenido de los pensamientos
escondidos tras ese dolor y que uno despertaba en la enferma mediante la estimulación de las
partes del cuerpo asociadas con ellos. Yo había observado repetidas veces parecidos gestos
significativos a raíz de la estimulación de zonas hiperálgicas en casos seguros de histeria; los
otros ademanes correspondían evidentemente a la insinuación levísima de un ataque histérico.
En cuanto a la desacostumbrada localización de las zonas histerógenas, no se obtuvo al
comienzo esclarecimiento alguno. Además, daba que pensar que la hiperalgesia recayera
principalmente sobre la musculatura. La dolencia más frecuente culpable de la sensibilidad
difusa y local de los músculos a la presión es la infiltración reumática de ellos, el reumatismo
muscular crónico común, cuya aptitud para crear el espejismo de unas afecciones nerviosas ya
mencioné. La consistencia de los músculos doloridos en la señorita Von R. no contradecía este
supuesto; se encontraban muchos tendones duros en las masas musculares, y además
parecían particularmente sensibles. Lo probable, entonces, era que hubiera sobrevenido una
alteración orgánica de los músculos en el sentido indicado, en la cual la neurosis se apuntaló
haciendo aparecer exageradamente grande su valor.
También la terapia partió de la premisa de que se trataba de una enfermedad mixta.
Recomendamos que continuaran los masajes y faradización sistemáticos de los músculos
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sensibles, a pesar del dolor que ello producía, y yo me reservé el tratamiento de las piernas con
intensas descargas eléctricas, a fin de poder mantenerme en relación con la paciente. A su
pregunta sobre si debía obligarse a caminar, respondimos con un «Sí» terminante.
Así obtuvimos una mejoría leve. Muy en particular, parecían entusiasmarle los dolorosos golpes
de la máquina inductora, y cuanto más intensos eran, más parecían refrenar sus propios
dolores. Entretanto, mi colega preparaba el terreno para un tratamiento psíquico; cuando, tras
cuatro semanas de seudoterapia, yo lo propuse y di a la enferma alguna información sobre el
procedimiento y su modo de acción, hallé rápido entendimiento y mínima resistencia.
Ahora bien, el trabajo que inicié a partir de ese momento resultó uno de los más difíciles que me
tocaran en suerte, y la dificultad que hallo para informar sobre él es digna heredera de las
dificultades entonces superadas. Por largo tiempo no atiné a descubrir el nexo entre la historia
de padecimientos y la dolencia misma, que empero debía de haber sido causada y determinada
por aquella serie de vivencias.
Al emprender un tratamiento catártico de esta índole, lo primero será plantearse esta pregunta:
¿Es para la enferma consabido el origen y la ocasión {Anlass) de su padecer? En caso
afirmativo, no hace falta de ninguna técnica especial para ocasionar {veranlassen} que
reproduzca su historia de padecimientos; el interés que se le testimonia, la comprensión que se
le deja vislumbrar, la esperanza de sanar que se le instila, moverán a la enferma a revelar su
secreto. En el caso de la señorita Elisabeth, desde el comienzo me pareció verosímil que fuera
conciente de las razones de su padecer; que, por tanto, tuviera sólo un secreto, y no un cuerpo
extraño en la conciencia. Cuando uno la contemplaba, no podía menos que rememorar las
palabras del poeta: «La máscara presagia un sentido oculto(94)».
Al comienzo podía, pues, renunciar a la hipnosis, con la salvedad de servirme de ella más tarde
si en el curso de la confesión hubieran de surgir unas tramas para cuya aclaración no alcanzara
su recuerdo. Así, en este, el primer análisis completo de una histeria que yo emprendiera, arribé
a un procedimiento que luego elevé a la condición de método e introduje con conciencia de mi
meta: la remoción del material patógeno estrato por estrato, que de buen grado solíamos
comparar con la técnica de exhumación de una ciudad enterrada. Primero me hacía contar lo
que a la enferma le era consabido, poniendo cuidado en notar dónde un nexo permanecía
enigmático, dónde parecía faltar un eslabón en la cadena de las causaciones, e iba penetrando
en estratos cada vez más profundos del recuerdo a medida que en esos lugares aplicaba la
exploración hipnótica o una técnica parecida a ella. La premisa de todo el trabajo era, desde
luego, la expectativa de que se demostraría un determinismo {Determinierung} suficiente y
completo; enseguida habremos de considerar los medios para esa investigación de lo profundo.
La historia de padecimiento referida por la señorita Elisabeth era larga, urdida por múltiples
vivencias dolorosas. Mientras la relataba no se encontraba en hipnosis, pero yo le indicaba
acostarse y le ordenaba cerrar los ojos, aunque no impedía que de tiempo en tiempo los abriera,
cambiara de posición, se incorporara, etc. Cuando ella atrapaba una pieza del relato a mayor
profundidad, me parecía que caía espontáneamente en un estado más semejante a la hipnosis.
Yacía entonces inmóvil, y mantenía sus ojos cerrados con firmeza.
Paso a reflejar lo que surgió como el estrato más superficial de sus recuerdos. La menor de
tres hijas mujeres, había pasado su juventud, con tierno apego a sus padres, en una finca de
Hungría. La salud de la madre se quebrantó muchas veces a raíz de una dolencia ocular y
también por estados nerviosos. Sucedió por eso que la paciente se apegara de manera
particularmente estrecha a su padre, hombre alegre y dotado de la sabiduría de vivir, quien solía
decir que esa hija le sustituía a un hijo varón y a un amigo con quien podía intercambiar ideas.
En la misma medida en que la muchacha obtenía incitación intelectual de ese trato, no se le
escapaba al padre que su constitución espiritual se distanciaba de la que la gente gusta ver
realizada en una joven. La llamaba en broma «impertinente» y «respondona», la ponía en
guardia frente a su inclinación a los juicios demasiado tajantes, a decir la verdad a los demás
sin consideración alguna; y solía pensar que le resultaría difícil encontrar marido. De hecho, ella
estaba harto descontenta con su condición de mujer; rebosaba de ambiciosos planes, quería
estudiar o adquirir formación musical, se indignaba ante la idea de tener que sacrificar en un
matrimonio sus inclinaciones y la libertad de su juicio. Entretanto vivía preciándose de su padre,
del prestigio y la posición social de su familia, y guardaba con celo todo cuanto se relacionara
con esos bienes. La abnegación que mostró hacia su madre y sus hermanas mayores
reconciliaba totalmente a sus padres con los costados más ásperos de su carácter.
La edad de las niñas movió a la familia a trasladarse a la capital, donde por un tiempo Elisabeth
pudo gozar de una vida más rica y alegre dentro de la familia. Pero luego sobrevino el golpe que
aniquiló la dicha de ese hogar.
El padre había ocultado una afección cardíaca crónica, o él mismo no la había advertido; cierto
día lo trajeron a la casa inconciente tras un primer ataque de edema pulmonar. A ello siguió el
cuidado del enfermo durante un año y medio, en el cual Elisabeth se aseguró el primer lugar
junto al lecho. Dormía en la habitación de su padre, se despertaba de noche a su llamado, lo
asistía durante el día y se forzaba a parecer alegre, en tanto que él soportaba con amable
resignación su irremediable estado. Sin duda, el comienzo de su afección se entramó con este
período de cuidado del enfermo, pues ella pudo recordar que durante los últimos seis meses de
ese cuidado debió guardar cama por un día y medio a causa de aquellos dolores en la pierna
derecha. Pero aseguraba que estos le pasaron pronto y no excitaron su preocupación ni su
atención. Y de hecho, fue sólo dos años después de la muerte del padre cuando se sintió
enferma y no pudo caminar a causa de sus dolores.
El vacío que la muerte del padre dejó en esta familia compuesta por cuatro mujeres; el
aislamiento social, el cese de tantas relaciones que prometían incitación y goce; la salud ahora
más quebrantada de la madre: todo ello empañó el talante de nuestra paciente, pero al mismo
tiempo movió en ella el ardiente deseo de que los suyos pronto hallaran un sustituto de la dicha
perdida, y le hizo concentrar todo su apego y desvelos en la madre supérstite.
Trascurrido el año de luto, la hermana mayor casó con un hombre talentoso y trabajador, de
buena posición, que debido a su capacidad intelectual parecía tener por delante un gran futuro,
pero en el trato más íntimo desarrolló una quisquillosidad enfermiza, una egoísta obstinación en
sus caprichos, y en el círculo de esta familia fue el primero que se atrevió a descuidar el
miramiento por la anciana señora. Era más de lo que Elisabeth podía tolerar; se sintió llamada a
asumir la lucha contra el cuñado en cuanta ocasión se ofreciera, en tanto las otras mujeres
consentían los estallidos del excitable temperamento de aquel. Para ella era un doloroso
desengaño que la reconstrucción de la antigua dicha familiar experimentara esta perturbación, y
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no podía perdonarle a su hermana casada que, con su docilidad de esposa, se afanase en
evitar pronunciarse. Así, en la memoria de Elisabeth habían permanecido toda una serie de
escenas a las que adherían unos cargos, en parte no declarados {aussprechen}, contra su
primer cuñado. Pero el mayor reproche era que por buscar un empleo más ventajoso se
hubiese mudado con su pequeña familia a una lejana ciudad de Austria, contribuyendo a
aumentar así la soledad de la madre. En esta oportunidad Elisabeth sintió con harta nitidez su
desvalimiento, su impotencia para ofrecer a la madre un sustituto de la dicha perdida, la
imposibilidad de ejecutar el designio que había concebido a la muerte del padre.
El matrimonio de la segunda hermana pareció más promisorio para el futuro de la familia, pues
este segundo cuñado, menos dotado intelectualmente, era un hombre cordial para estas
mujeres sensibles y educadas en el cultivo de toda suerte de miramientos; su conducta
reconcilió a Elisabeth con la institución del matrimonio y con la idea de los sacrificios a ella
enlazados. Además, esta segunda joven pareja permaneció en las cercanías de la madre ' y el
hijo de este cuñado y su segunda hermana pasó a ser el preferido de Elisabeth. Por desgracia,
el año en que este niño nació fue turbado por otro suceso. La dolencia ocular de la madre exigió
una cura de oscuridad de varias semanas, compartida por Elisabeth. Luego declararon que era
necesaria una operación; la inquietud que ello provocó coincidió con los preparativos para la
mudanza del primer cuñado. Al fin salió bien la operación, realizada con mano maestra, y las
tres familias se encontraron en un sitio de residencia veraniega; allí Elisabeth, agotada por las
preocupaciones de los últimos meses, habría debido obtener su restablecimiento pleno en este
período, el primero exento de penas y temores que la familia disfrutaba desde la muerte del
padre.
Pero justamente con esa temporada veraniega coincide el estallido de los dolores de Elisabeth,
y su dificultad para caminar. Después que un poco antes se le hubieran hecho notables, los
dolores le sobrevinieron por primera vez con violencia tras un baño caliente que tomó en la casa
de salud de ese pequeño poblado de restablecimiento. Un paseo prolongado, en verdad una
caminata de media jornada, fue relacionado luego con la emergencia de estos dolores, de
suerte que con facilidad se dio en la concepción de que Elisabeth había sufrido un «exceso de
fatiga», y después un «enfriamiento».
A partir de ese momento, Elisabeth fue la enferma de la familia. El consejo médico la movió a
pasar lo que restaba del verano, para una cura de baños, en Gastein(95), adonde viajó con su
madre, pero no sin que se presentara una nueva preocupación. La segunda hermana había
quedado grávida de nuevo, e informaciones recibidas pintaban muy desfavorable su estado, de
suerte que Elisabeth a duras penas se resolvió a hacer aquel viaje. No habían pasado dos
semanas de estadía en Gastein cuando llamaron de regreso a madre y hermana: las cosas no
iban ahora bien para la embarazada, postrada en cama.
Un torturante viaje, en el que se mezclaron para Elisabeth sus dolores y unas terribles
expectativas; luego, en la estación ferroviaria, ciertos indicios que presagiaban lo peor, y
después, cuando entraron en la habitación de la enferma, la certeza de que habían llegado
demasiado tarde para despedirla viva.
Elisabeth no sufrió sólo por la pérdida de esta hermana, a quien había amado tiernamente, sino
casi en igual grado por los pensamientos que esa muerte incitó y las alteraciones que trajo
consigo. La hermana había sucumbido a una afección cardíaca agravada por el embarazo.
Afloró entonces el pensamiento de que la cardiopatía era la herencia paterna de la familia.
Recordaron que en los primeros años de su doncellez la difunta había tenido una corea
acompañada de una leve afección cardíaca. Se culparon a ellos mismos y a los médicos por
haber permitido el matrimonio, ~y no se pudo ahorrarle al infortunado viudo el reproche de haber
puesto en peligro la salud de su mujer con dos embarazos sin que mediara una pausa. La triste
impresión de que habiéndose dado las condiciones para un matrimonio feliz, tan raras, esa
dicha tuviera que terminar así, ocupó a partir de entonces los pensamientos de Elisabeth sin
contradicción. Pero además veía hacerse pedazos dentro de sí todo cuanto había anhelado
para su madre. El cuñado viudo era inconsolable y se alejó de la familia de su esposa. Parece
que su propia familia, de la cual se había enajenado durante su breve y dichoso matrimonio,
aprovechó el momento propicio para atraerlo de nuevo hacia sus propios rumbos. No se halló
camino alguno para mantener la anterior comunidad; una convivencia con la madre bajo el
mismo techo era impracticable por miramiento a la cuñada soltera, y cuando se rehusó a dejar
a las dos mujeres el niño, única herencia de la muerta, les dio por primera vez ocasión para
culparlo de dureza. Por último -Y no fue lo menos penoso-, Elisabeth recibió oscuras noticias de
una desavenencia que había estallado entre ambos cuñados y cuyo motivo apenas
vislumbraba. Parecía, empero, como si el viudo hubiera planteado en asuntos de fortuna unas
demandas que el otro cuñado tachaba de injustificadas, y hasta pudo calificarlas de enojosa
exacción ante el dolor todavía abierto de la madre.
Esa era, pues, la historia de padecimiento de esta muchacha ambiciosa y necesitada de amor.
Enconada con su destino, amargada por el fracaso de todos sus planes de restaurar el brillo de
su casa; sus amores, muertos los unos, distantes o enajenados los otros; sin inclinación por
refugiarse en el amor de un hombre extraño, vivía desde hacía un año y medio -casi segregada
de todo trato social- del cuidado de su madre y de sus dolores.
Si, despreocupadamente, uno se situara en la vida anímica de esta muchacha, no podría
denegarle una cordial simpatía humana. Pero, ¿qué diremos sobre el interés médico por este
historial clínico, sobre sus vínculos con las dolorosas dificultades para caminar, sobre las
perspectivas de aclaración y curación que acaso habrían de resultar de las noticias obtenidas
acerca de esos traumas psíquicos?
Para el médico, la confesión de la paciente significó al comienzo una gran desilusión. Era una
historia clínica consistente en triviales conmociones anímicas, que no permitía explicar por qué
la paciente debió contraer una histeria, ni cómo esa histeria hubo de cobrar precisamente la
forma de la abasia dolorosa. No iluminaba ni la causación ni la determinación {Determinierung}
de la histeria ahí existente. Acaso se podía suponer que la enferma había establecido una
asociación entre sus impresiones anímicas dolidas y los dolores corporales que por azar
registrara de manera simultánea a aquellas, y que ahora en su vida mnémica empleaba la
sensación corporal como símbolo de la anímica. Pero quedaba sin esclarecer qué motivo habría
tenido para esa sustitución, y en qué momento se habría consumado. Cuestiones estas, por
otra parte, cuyo planteo no había sido hasta entonces común entre los médicos. Lo corriente
era darse por contento con el expediente de que la enferma era una histérica por su constitución
misma, capaz de desarrollar síntomas histéricos bajo la presión de una excitación intensa, no
importa de qué índole fuera esta.
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Y si esa confesión no era fructífera para el esclarecimiento, parecía serlo todavía menos para la
curación del caso. No se echaba de ver qué influjo benéfico tendría sobre la señorita Elisabeth
referir una vez más a un extraño, que a cambio le tributara una fuerte simpatía, la historia de su
padecimiento de los últimos años, consabida para todos los miembros de su familia. Por lo
demás, no se advertía en absoluto que la confesión hubiera dado semejante resultado curativo.
Durante ese primer período de] tratamiento, la enferma no cesaba de repetir al médico: «Estoy
cada vez peor, tengo los mismos dolores que antes»; y cuando al decírmelo me arrojaba una
mirada entre astuta y maliciosa, yo podía acordarme del juicio que el viejo señor Von R. había
pronunciado sobre su hija preferida: «A menudo es "impertinente" y "díscola"»; no obstante,
debía admitir que ella tenía razón.
Si yo hubiera abandonado en este estadio el tratamiento psíquico de la enferma, el caso de la
señorita Elisabeth von R. no habría adquirido importancia alguna para la teoría de la histeria.
Pero proseguí mi análisis porque tenía la expectativa cierta de que a partir de estratos más
profundos de la conciencia se conseguiría entender tanto la causación como el determinismo
del síntoma histérico. Me resolví, pues, a plantear, a la conciencia ensanchada de la enferma, la
pregunta directa por la impresión psíquica a que se anudó la génesis primera de los dolores en
las piernas.
A este fin me proponía poner a la enferma en hipnosis profunda. Pero, por desgracia, hube de
percibir que ninguno de los procedimientos que yo poseía para ese objeto la llevaba a un estado
de conciencia diverso de aquel en que me había hecho su confesión. Sólo me quedó alegrarme
cordialmente de que esta vez omitiera espetarme con aire triunfante: «Vea usted, no estoy
dormida, no me pueden hipnotizar». En ese aprieto se me ocurrió aplicar aquel artificio de la
presión sobre la cabeza, la historia de cuya génesis he detallado en la precedente observación
sobre Miss Lucy. Lo puse en práctica exhortando a la enferma a comunicarme puntualmente
todo cuanto en el momento de la presión emergiera ante su visión interior o pasara por su
recuerdo. Calló largo tiempo y luego confesó, por mí esforzada, haber pensado en cierto
atardecer en que un joven la acompañó a casa después de una reunión social, los coloquios
que hubo entre ella y él, y las sensaciones con que luego regresó a casa a cuidar a su padre.
Con esta primera mención de ese joven se abría un nuevo frente de batalla cuyo contenido yo
iría sacando a la luz sólo poco a poco. Aquí se trataba más bien de un secreto, pues,
exceptuada una amiga común, a nadie había puesto al corriente de sus relaciones ni de las
esperanzas a ellas anudadas. Era el hijo de una familia amiga de la suya desde hacía mucho, y
que era vecina en su residencia anterior. El joven, huérfano también, se había apegado con gran
devoción al padre de ella, seguido sus consejos en su carrera, y extendido a las damas de la
familia la veneración que sentía por el padre. Numerosos recuerdos de lecturas en común,
intercambio de ideas, manifestaciones de él que a ella le contaron luego, trazaban los contornos
de su creciente convicción de que él la amaba, y comprendía que casarse con él no le
impondría los sacrificios que temía del matrimonio. Por desdicha era sólo muy poco mayor que
ella, y ni hablar en aquel tiempo de que poseyera recursos propios; pero estaba firmemente
decidida a esperarlo.
Cuando el padre contrajo su grave enfermedad y ella se vio requerida como cuidadora, ese trato
se volvió cada vez más raro. El atardecer del que ella se había acordado dibujaba justamente el
apogeo de su sentimiento; sin embargo, no se había llegado en ese tiempo a una declaración
{Aussprache} entre ambos. A instancias {Drängen} de los suyos y de su propio padre, había
consentido ese día en apartarse del lecho del enfermo para asistir a una reunión social en la
cual tenía motivos para esperar encontrarlo. Después quiso volver temprano a casa, pero la
constriñeron a quedarse, y ella cedió al prometerle él acompañarla. Nunca había sentido tanta
calidez {warm} hacia él como durante ese acompañamiento; pero cuando después, en ese
arrobamiento, entró en la casa, se encontró con que el estado de su padre había empeorado y
se hizo los más acerbos reproches por consagrar tanto tiempo a su gusto personal. Esa fue la
última vez que abandonó al padre enfermo durante toda una tarde; sólo en raras oportunidades
volvió a ver a su amigo; tras la muerte del padre, pareció que él se alejaba por respeto a su
dolor, y luego la vida lo encaminó por otras sendas; poco a poco ella había debido familiarizarse
con el pensamiento de que su interés por ella había sido suplantado {verdrängen} por otros
sentimientos, y de que lo había perdido. Pero este fracaso de su primer amor le seguía doliendo
cada vez que se acordaba,
En estas constelaciones y en la mencionada escena, a la cual llevaron, me era lícito entonces
buscar la causación de los primeros dolores histéricos. Por el contraste entre la beatitud que se
había permitido entonces y la miseria en medio de la cual halló a su padre en casa quedaba
planteado un conflicto, un caso de inconciliabilidad. Como resultado del conflicto, la
representación erótica fue reprimida {esforzada al desalojo} de la asociación, y el afecto a ella
adherido fue aplicado para elevar o reanimar un dolor corporal presente de manera simultánea
(o poco anterior). Era, pues, el mecanismo de una conversión con el fin de la defensa, tal como
lo he tratado en detalle en otro lugar. (ver nota)(96)
Hay sitio aquí, desde luego, para toda clase de puntualizaciones. Debo destacar que no
conseguí demostrar, a partir de su recuerdo, que en aquel momento de regreso a la casa se
hubiera consumado la conversión. Por eso exploré vivencias parecidas del tiempo en que
cuidaba al enfermo, y convoqué una serie de escenas entre las cuales el saltar de la cama con
los pies desnudos en la habitación fría {kalt} a un llamado del padre se destacaba por su
frecuente repetición. Yo me inclinaba a atribuir a este factor una cierta significatividad porque
junto a la queja por el dolor en las piernas estaba la queja por una martirizadora sensación de
frío. Empero, tampoco aquí pude atrapar una escena que pudiera designarse con certeza como
la escena de la conversión. Por eso me inclinaba a admitir aquí una laguna en el
esclarecimiento, hasta que recapacité y recordé el hecho de que los dolores histéricos en las
piernas no estaban presentes todavía en la época del cuidado al enfermo. Su recuerdo
informaba sólo de un único ataque de dolor, que duró varios días pero no atrajo entonces
atención ninguna. Mi investigación se dirigió, pues, a esa primera emergencia del dolor. Fue
posible reanimar con certeza su recuerdo; justamente por esos días había venido de visita un
pariente a quien no pudo recibir por estar postrada en cama, y ese mismo, dos años después,
había tenido también el infortunio de encontrarla en cama. Pero la busca de una ocasión
psíquica para estos primeros dolores resultó infructuosa todas las veces que se la emprendió.
Creí tener derecho a suponer que aquellos primeros dolores habían sobrevenido realmente sin
ocasión psíquica, como afección reumática leve, y hasta pude averiguar que esa enfermedad
orgánica, el arquetipo de la posterior imitación histérica, debía situarse sin duda en un período
anterior a la escena del acompañamiento. De cualquier modo, era posible que estos dolores,
siendo de base orgánica y bastante leves, hubieran durado algún tiempo sin llamar mucho la
atención. De aquí se engendra un punto oscuro, a saber: que el análisis indique una conversión
de excitación psíquica en dolor corporal en una época en que sin duda ese dolor no se
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registraba y no era recordado; he ahí un problema que espero solucionar mediante ulteriores
elucidaciones y otros ejemplos(97).
Con el descubrimiento del motivo para la primera conversión se inició un segundo período, más
fructífero, del tratamiento. Ante todo, la enferma me sorprendió con la comunicación de que
ahora sabía por qué los dolores partían siempre de aquel determinado lugar del muslo derecho,
y eran ahí más violentos. Es el lugar donde cada mañana descansaba la pierna de su padre
mientras ella renovaba las vendas que envolvían su pierna fuertemente hinchada. Esto había
sucedido cientos y cientos de veces, y era curioso que hasta hoy ella nunca hubiera reparado
en ese nexo. Así me ofrecía la explicación deseada para la génesis de una zona histerógena
atípica. Además, las piernas doloridas empezaron a «entrometerse(98)» siempre en nuestros
análisis. Me refiero a este notable estado de cosas: La enferma estaba casi siempre libre de
dolor cuando nos poníamos a trabajar; en tales condiciones, si yo, mediante una pregunta o una
presión sobre la cabeza, convocaba un recuerdo, se insinuaba primero una sensación dolorosa,
las. más de las veces tan viva que la enferma se estremecía y se llevaba la mano al lugar del
dolor. Este dolor despertado subsistía mientras el recuerdo gobernaba a la enferma, alcanzaba
su apogeo cuando estaba en vías de declarar {aussprechen} lo esencial y decisivo dé su
comunicación, y desaparecía con las últimas palabras que pronunciaba. Poco a poco aprendí a
utilizar como brújula ese dolor despertado; cuando ella enmudecía, pero todavía acusaba
dolores, yo sabía que no lo había dicho todo y la instaba a continuar la confesión hasta que el
dolor fuera removido por la palabra {wegsprechen). Sólo entonces le despertaba un nuevo
recuerdo.
En este período de «abreacción» el estado de la enferma mejoró de manera tan llamativa, tanto
en el aspecto somático como en el psíquico, que yo solía aseverar, medio en broma, que cada
vez le quitaba un cierto quantum de motivos de dolor y, cuando los hubiera removido todos, ella
sanaría. Pronto llegó a pasar la mayor parte del tiempo sin dolores, consintió en caminar mucho
y abandonar el aislamiento que hasta entonces mantenía. En el curso del análisis yo obedecía
ora a las oscilaciones espontáneas de su estado, ora a mi estimación sobre dónde creía que se
hallaba un fragmento aún no agotado de su historia de padecimiento. En esa tarea obtuve
algunas percepciones interesantes, cuyas enseñanzas hallé confirmadas más tarde en otros
enfermos.
En primer lugar, por lo que respecta a las oscilaciones espontáneas: en verdad no se producía
ninguna que no hubiera sido provocada asociativamente por un suceso del día. Una vez se
había enterado de cierta enfermedad contraída por alguien del círculo de sus conocidos, y por
un detalle le recordó a la de su padre; otra vez había estado de visita el hijo de su difunta
hermana, y el parecido le reavivó el dolor por la muerta; y otra vez, aún, fue cierta carta de la
hermana que vivía distanciada, en la que era nítida la influencia del cuñado desconsiderado, la
que demandó la comunicación de una escena familiar todavía no referida. Como ella nunca
presentaba dos veces la misma ocasión de dolor, no parecía injustificada nuestra expectativa
de agotar de tal suerte el acopio, y en modo alguno me resistía a que se pusiera en situaciones
aptas para evocar recuerdos nuevos, todavía no llegados a la superficie; por ejemplo,
mandándola a visitar la tumba de su hermana o haciéndola concurrir a una reunión donde
pudiera ver a su amigo de juventud, ahora de nuevo presente.
Después, obtuve un panorama sobre el modo en que se genera una histeria que cabe designar
como -monosintomática. En efecto, hallé que la pierna derecha se dolía en el curso de nuestras
hipnosis cuando se trataba de recuerdos del cuidado de su padre enfermo, del trato con aquel
compañero de juventud y otras cosas que caían dentro del primer período del tiempo patógeno,
mientras que el dolor se anunciaba en la otra pierna, la izquierda, tan pronto le despertaba un
recuerdo sobre la hermana difunta, los dos cuñados, en suma, una impresión de la segunda
mitad de su historia de padecimiento. Alertado por este comportamiento constante, me puse a
indagarlo y obtuve la impresión de que esa especificación era aún mayor, como si cada nueva
ocasión psíquica de sensaciones dolidas se hubiera enlazado con un diverso lugar del área
dolorosa de las piernas. El lugar originariamente doloroso del muslo derecho se había referido al
cuidado de su padre; a partir de ahí, el ámbito de dolor había crecido, por aposición, desde
nuevas ocasiones traumáticas, de suerte que aquí, en rigor, no se estaba frente a un síntoma
corporal único que se enlazara con múltiples complejos mnémicos psíquicos, sino a una
multiplicidad de síntomas similares que al abordaje superficial parecían fusionados en un solo
síntoma. Es cierto que no me empeñé en deslindar las zonas de dolor correspondientes a las
diversas ocasiones psíquicas; no lo hice porque hallé la atención de la enferma por completo
extrañada de tales vínculos.
Ahora bien, presté más amplio interés al modo en que todo el complejo sintomático de la abasia
pudo edificarse sobre esas zonas dolorosas, y con ese propósito formulé diversas preguntas,
como: «¿De dónde provienen los dolores al andar, estar de pie, yacer?», que la paciente
respondió en parte sin que mediara influjo, en parte bajo la presión de mi mano. De ahí
resultaron dos cosas. Por un lado, me agrupó todas las escenas conectadas con impresiones
dolorosas según que en ellas hubiera estado sentada o de pie, etc. Así, por ejemplo, estaba de
pie junto a una puerta cuando trajeron a casa al padre tras sufrir un ataque al corazón, y en su
terror ella quedó de pie como plantificada. A este primer «terror estando de pie» {«stehen»} le
seguían otros recuerdos, hasta llegar a la escena terrible en que de nuevo se quedó parada
{stehen}, como presa de un hechizo, frente al lecho de su hermana muerta. Toda esa cadena
de reminiscencias estaba destinada a evidenciar el justificado enlace de los dolores con el estar
de pie, y aun podía considerarse como prueba de una asociación; empero, uno debía tener
presente el requisito de que en todas esas oportunidades era preciso que se registrara,
además, otro factor que dirigiera la atención -y en ulterior consecuencia la conversión
justamente- al estar de pie (o al andar, estar sentada, etc.). Y la explicación para este sesgo de
la atención parecía tener que buscarse en la circunstancia de que andar, estar de pie y yacer se
anudan a operaciones y estados de aquellas partes del cuerpo que eran en este caso las
portadoras de las zonas dolorosas, a saber, las piernas. De ese modo resultaba fácil de
comprender el nexo entre la astasia-abasia y el primer caso de conversión en este historial
clínico.
Entre las escenas que conforme a esa recapitulación habrían vuelto doloroso el caminar
{gehen} resaltó una, la caminata que hizo en aquel lugar de restablecimiento junto con un grupo
nutrido de personas y que presuntamente había sido demasiado extensa. Las circunstancias
más detalladas de este episodio se revelaron sólo de manera vacilante y dejaron muchos
enigmas sin solucionar. Estaba ella de talante particularmente sentimental, de buena gana se
unió al círculo de personas amigas; era un bello día, no demasiado caluroso; su mamá
permaneció en casa, su hermana mayor ya había partido de viaje, la segunda no se sentía bien
pero no quiso estropearle el disfrute; el marido de esta hermana declaró al comienzo que se
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quedaría junto a su mujer, y después marchó también por amor de ella (de Elisabeth). Me
pareció que esta escena tenía mucho que ver con la primera emergencia de los dolores, pues
ella se acordaba de haber regresado del paseo muy cansada y con fuertes dolores, pero no se
manifestó con seguridad sobre si ya los había sentido antes. Yo argüí que de haber sentido
dolores considerables era difícil que se resolviera a compartir esa larga jornada. A la pregunta
sobre qué, en ese paseo, habría provocado los dolores, recibí la respuesta, no del todo
trasparente, de que el contraste entre su soledad y la dicha conyugal de su hermana enferma,
que la conducta de su cuñado le ponía de continuo ante los ojos, la habría dolido.
Otra escena, muy próxima en el tiempo a la anterior, desempeñó un papel en el enlace de los
dolores con el estar sentado. Fue algunos días después; su hermana y su cuñado ya habían
viajado, ella se hallaba excitada, añorante; se levantó {aufstehen} por la mañana temprano,
dirigió sus pasos {hinaufgehen} hacia una pequeña colina, hasta un lugar que solían frecuentar
juntos y ofrecía un espléndido panorama, y ahí se sentó {setzen sich}, absorta en sus
pensamientos, sobre un banco de piedra. Sus pensamientos volvieron a dirigirse a su soledad,
el destino de su familia y el ardiente deseo de llegar a ser tan feliz como su hermana lo era,
confesó ella esta vez desembozadamente. De esa meditación matinal regresó con fuertes
dolores, y la tarde de ese mismo día tomó el baño tras el cual aquellos le sobrevinieron de
manera definitiva y duradera.
Con toda precisión se averiguó, además, que los dolores al caminar y estar de pie solían
calmarse en un comienzo al yacer {Iiegen}. Sólo cuando, anoticiada del agravamiento de su
hermana, hubo partido de Gastein al atardecer y toda esa noche la martirizaron, además de la
preocupación por su hermana, unos furiosos dolores mientras yacía extendida, insomne, en el
vagón de ferrocarril, se estableció también la conexión del yacer con los dolores, y durante todo
un período el yacer fue aún más doloroso que el caminar y el estar de pie.
De tal suerte, en primer lugar, la zona dolida crecía por aposición, pues cada nuevo tema de
eficacia patógena investía una nueva región de las piernas; en segundo lugar, cada una de las
escenas impresionantes había dejado tras sí una huella, pues producía una «investidura»
permanente, que se acumulaba más y más, de las diversas funciones de las piernas, un enlace
de estas funciones con las sensaciones de dolor; pero, además, era inequívoco que en la
plasmación de la astasia-abasia había cooperado un tercer mecanismo. Si la enferma puso fin
al relato de toda una serie de episodios con la queja de que ahí se había sentido dolida de su
«soledad» {«Alleinstehen»}, y en otra serie, que abarcaba sus infortunados intentos de
establecer una vida familiar nueva, no cesaba de repetir que lo doliente ahí era el sentimiento de
su desvalimiento, la sensación de «no avanzar un paso», yo no podía menos que atribuir a sus
reflexiones un influjo sobre la plasmación de la abasia; me vi llevado a suponer que ella
directamente buscaba una expresión simbólica para sus pensamientos de tinte dolido, y lo
había hallado en el refuerzo de su padecer. Ya en nuestra «Comunicación preliminar»
sostuvimos que mediante una simbolización {Symbolisierung} así pueden generarse síntomas
somáticos de la histeria; en la «Epicrisis» que agrego a este historial clínico detallaré algunos
ejemplos que lo prueban de manera indudable. En la señorita Elisabeth von R. el mecanismo
psíquico de la simbolización no se situaba en primera línea, él no había creado la abasia, pero
todo indicaba que la abasia preexistente había experimentado un refuerzo sustancial por este
camino. De acuerdo con ello, esta abasia, en el estadio de desarrollo en que yo la encontré, no
era equiparable sólo a una parálisis funcional asociativa psíquica, sino también a una parálisis
funcional simbólica.
Antes de proseguir con la historia de mi enferma quiero agregar algunas palabras sobre su
conducta durante este segundo período del tratamiento. En el curso de todo este análisis me
valí del método de convocar mediante presión sobre la cabeza imágenes y ocurrencias, vale
decir, un método inaplicable sin plena colaboración y atención voluntaria de la enferma. Y aun su
conducta a veces satisfacía todo cuanto yo pudiera desear, y en esos períodos era de hecho
sorprendente cuán pronto y ordenadas de una manera infaliblemente cronológica se instalaban
las diversas escenas pertenecientes a cierto tema. Era como si ella leyese un largo libro
ilustrado, cuyas páginas se dieran vuelta ante sus ojos. Otras veces parecían existir obstáculos,
cuya naturaleza yo ni vislumbraba en ese tiempo. Cuando ejercía mi presión, ella aseveraba que
no se le ocurría nada; repetía la presión, le indicaba aguardar, y de nuevo nada salía. Las
primeras ocasiones en que apareció esta contumacia acepté interrumpir el trabajo so pretexto
de que el día no era propicio; otra vez sería. Pero dos percepciones me indujeron a cambiar mi
conducta, En primer lugar, que esa denegación del método sólo ocurría cuando había hallado a
Elisabeth alegre y libre de dolor, nunca cuando yo llegaba en un mal día; en segundo lugar, que
esa indicación de no ver nada ante sí solía darla después que había dejado pasar una larga
pausa, durante la cual su gesto tenso y atareado me denunciaba empero un proceso anímico
en ella. Me resolví entonces a suponer que el método nunca fracasaba, y que bajo la presión de
mi mano Elisabeth tenía siempre una ocurrencia en la mente o una imagen ante los ojos, pero
no todas las veces estaba dispuesta a comunicármela, sino que intentaba volver a sofocar lo
conjurado. Podía imaginarme dos motivos para ese silencio: o bien Elisabeth ejercía sobre su
ocurrencia una crítica a la que no tenía derecho -no la hallaba lo bastante valiosa, creía que no
venía al caso como respuesta a la pregunta planteada-, o bien la horrorizaba indicarla porque ...
le resultaba demasiado desagradable su comunicación. Procedí entonces como si estuviera
enteramente convencido de la confiabilidad de mi técnica. Ya no lo dejé pasar cuando ella
aseveraba no ocurrírsele nada. Le aseguraba que por fuerza algo se le había ocurrido; acaso
ella no le había prestado suficiente atención, y entonces yo repetiría la presión; o bien ella había
creído que su ocurrencia no era la pertinente. Y le decía que esto último no era cosa de su
competencia; estaba obligada a mantener total objetividad y a decir lo que se le pasara por la
cabeza, viniera o no al caso. Por último, que yo sabía con certeza que algo se le había ocurrido;
ella me lo mantenía en secreto, pero nunca se libraría de sus dolores mientras mantuviera algo
en secreto. Mediante este esforzar conseguí que realmente ninguna presión resultase ya
infructuosa. Me vi precisado a suponer que había discernido de manera correcta el estado de la
cuestión, y a raíz de este análisis cobré de hecho una confianza absoluta en mi técnica. A
menudo sucedía que sólo tras la tercera presión me comunicara algo, pero luego ella misma
agregaba: «Se lo habría podido decir la primera vez». - «Ajá, ¿y por qué no lo dijo?». - «Creo
que no era lo pertinente», «Pensé que podía pasarlo por alto, pero eso volvió todas las veces».
En el curso de este difícil trabajo empecé a atribuir una significación más profunda a las
resistencias que la enferma mostraba a reproducir sus recuerdos, y a compilar con cuidado las
ocasiones a raíz de las cuales aquella se denunciaba de un modo particularmente llamativo.
(ver nota)
(99)
Paso ahora a exponer el tercer período de nuestro tratamiento. La enferma se sentía mejor,
estaba psíquicamente aliviada y se había vuelto productiva, pero era evidente que los dolores no
habían sido eliminados; volvían de tiempo. en tiempo y, por cierto, con su antigua violencia. Lo
incompleto del éxito terapéutico se correspondía con lo incompleto del análisis: aún yo no sabía
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con exactitud en qué momento y a través de qué mecanismo habían nacido los dolores. En el
segundo período, mientras ella reproducía las más diversas escenas y yo observaba sus
resistencias a referirlas, se había formado en mí cierta sospecha; pero aún no osaba convertirla
en base de mi obrar. Una percepción casual inclinó la balanza. Cierta vez que trabajábamos
con la enferma, escuché pasos de hombre en la habitación contigua, una voz de agradable
timbre que parecía preguntar algo, y hete aquí que mi paciente se levanta con el ruego de
suspender por hoy; es que ha escuchado -dice- que su cuñado llegó y pregunta por ella. Hasta
ese momento había estado libre de dolores, y tras esta perturbación su gesto y su andar
denunciaban la repentina emergencia de fuertes dolores. Vi confirmada mi sospecha y me
resolví a producir el esclarecimiento decisivo.
Formulé entonces la pregunta por las circunstancias y causas de la primera emergencia de los
dolores. Como respuesta, sus pensamientos se orientaron hacia la residencia veraniega en
aquel lugar de restablecimiento, antes del viaje a Gastein, y de nuevo se mostraron algunas
escenas que ya habían sido tratadas antes de manera menos exhaustiva. Su estado de ánimo
en aquel tiempo, su agotamiento tras la preocupación por la vista de la madre y tras el cuidado
de la enferma en la época en que la operaron de los ojos, su desesperanza última, como
muchacha sola, de gozar algo de la vida o de producir algo en ella. Hasta entonces se le
antojaba que era lo bastante fuerte para prescindir del apoyo de un hombre; ahora se apoderaba
de ella un sentimiento de su debilidad como mujer, una añoranza de amor en la que, según sus
propias palabras, la solidez de su ser empezaba a derretirse. En ese talante, el matrimonio
dichoso de la más joven de sus hermanas le causó la más profunda impresión: cuán
conmovedoramente cuidaba él de ella, cómo se entendían con sólo mirarse, cuán seguros
parecían uno del otro. Era por cierto lamentable que el segundo embarazo siguiera tan rápido al
primero, y la hermana sabía que este era el motivo de su enfermedad, pero ¡cuán
animosamente la sobrellevó por ser él la causa! En aquella caminata enlazada de manera tan
íntima con los dolores de Elisabeth, el cuñado al principio no quería participar, pues prefería
permanecer junto a su mujer enferma. Pero esta, con una mirada, lo movió a ir, pues pensaba
que ello alegraría a Elisabeth. Todo el tiempo permaneció Elisabeth en su compañía, hablaron
sobre las cosas más variadas e íntimas, y ella estuvo de acuerdo con todo lo que él decía, y se
le hizo hiperpotente el deseo de poseer un hombre que se le pareciese. Pocos días después
siguió la escena en que, tras la partida, ella visitó por la mañana el punto panorámico que había
sido paseo predilecto de los ausentes. Se sentó allí sobre una piedra y soñó de nuevo con una
dicha de amor como la deparada a su hermana, y con un hombre que supiera cautivar su
corazón como ese cuñado. Se puso de pie {aufstehen} con dolores, que empero otra vez
desaparecieron; sólo a la siesta, tras el baño caliente {warm} que tomó en ese lugar, se
abatieron sobre, ella los dolores que de ahí en adelante no la habían abandonado. Intenté
explorar qué clase de pensamientos la ocuparon entonces en el baño; pero sólo se averiguó
que la casa de baños le recordaba a sus hermanos que habían viajado, porque habían parado
en la misma casa.
A mí por fuerza se me había aclarado hacía rato de qué se trataba; pero la enferma, abismada
en dulces y dolidos recuerdos, parecía no reparar a qué puerto se acercaba, y prosiguió
reflejando sus reminiscencias. Vino el tiempo pasado en Gastein, la aprensión con que abría
cada carta, por último la noticia de que la hermana empeoraba, la prolongada espera hasta la
tarde para poder abandonar Gastein, el viaje en martirizadora incertidumbre, en una noche
insomne -Momentos todos estos acompañados de un fuerte aumento en los dolores-. Pregunté
si durante el viaje se había representado la triste posibilidad que luego resultó realizada.
Respondió que había esquivado cuidadosamente ese pensamiento, pero opinó que su madre
desde el comienzo mismo imaginaba lo peor. -A ello siguió un recuerdo de la llegada a Viena,
las impresiones que recibieron de los parientes que las esperaban, el corto viaje desde Viena
hasta la villa cercana donde vivía la hermana, la llegada allí al atardecer, el camino, recorrido
con premura, a través del jardín hasta el pequeño pabellón que daba a aquel, el silencio en la
casa, la oscuridad oprimente; cuenta que el cuñado no salió a recibirlas; luego, estaban de pie
ante el lecho, vieron a la muerta, y en el momento de la cruel certidumbre de que la hermana
querida había muerto sin despedirse de ellas, sin que el cuidado de ellas fuera el bálsamo de
sus últimos días... en ese mismo momento un pensamiento otro pasó como un
estremecimiento por el cerebro de Elisabeth, pensamiento que ahora se había instalado de
nuevo irrechazablemente; pasó como un rayo refulgente en medio de la oscuridad: «Ahora él
está de nuevo libre, y yo puedo convertirme en su esposa».
Así todo quedaba en claro. El empeño del analista era recompensado abundantemente: la idea
de la «defensa» frente a una representación inconciliable; de la génesis de síntomas histéricos
por conversión de una excitación psíquica a lo corporal; de la formación de un grupo psíquico
separado por el acto de voluntad que lleva a la defensa: todo eso me fue puesto en aquel
momento ante los ojos de un modo visible. Así y no de otra forma había sucedido todo aquí.
Esta muchacha había regalado a su cuñado una inclinación tierna, contra cuya admisión se
revolvía dentro de su conciencia todo su ser moral. Había conseguido ahorrarse la dolorosa
certidumbre de que amaba al marido de su hermana creándose a cambio unos dolores
corporales, y en los momentos en que esa certidumbre pretendía imponérsele (durante el paseo
con él, en aquella ensoñación matinal, en el baño, ante el lecho de la hermana) habían sido
generados aquellos dolores por una lograda conversión a lo somático. En la época en que la
tomé bajo tratamiento, ya se había consumado la segregación -de su saber- de los grupos de
representaciones referidas a ese amor; opino que de otro modo nunca habría consentido en tal
tratamiento; la resistencia que ella repetidas veces había contrapuesto a la reproducción de
escenas de eficacia traumática correspondía realmente a la energía con la cual la
representación inconciliable había sido esforzada afuera de la asociación.
Ahora bien, para el terapeuta sobrevino primero un período malo. El efecto de la readmisión de
aquella representación reprimida fue desconsolador para la pobre criatura. Cuando le resumí el
estado de la causa con escuetas palabras -desde hacía mucho tiempo estaba enamorada de
su cuñado-, se puso a proferir ayes. En ese instante se quejó de dolores crudelísimos, hizo
todavía un desesperado intento por rechazar ese esclarecimiento. Que eso no es cierto, que yo
se lo había sugerido, que no puede ser, que ella no es capaz de semejante perversidad. Y
tampoco se lo perdonaría nunca. Resultó fácil demostrarle que sus propias comunicaciones no
admitían otra interpretación, pero hubo de pasar largo tiempo hasta que le hicieran alguna
impresión las razones de consuelo que yo le aduje: uno es irresponsable por sus propios
sentimientos, y su conducta, el haber enfermado bajo aquellas ocasiones, era suficiente
testimonio de su naturaleza moral.
Me vi precisado entonces a emprender más de un camino para procurar alivio a la enferma.
Primero quise darle la oportunidad de aligerarse por «abreacción» de esa excitación
almacenada desde hacía tanto tiempo. Exploramos las primeras impresiones del trato con su
cuñado, el comienzo de esa inclinación que se mantuvo inconciente. Aquí se hallaron todos
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aquellos pequeños signos previos y vislumbres desde los cuales una pasión plenamente
desarrollada permite comprender tantas cosas en visión retrospectiva. En su primera visita a la
casa, había creído él que era ella la novia que le estaba destinada, y la saludó antes que a las
hermanas mayores, que no estaban presentes. Cierto atardecer platicaban entre ellos con tanta
vivacidad y parecían entenderse tan bien que la novia los interrumpió con esta observación,
dicha medio en serio: «En verdad, harían ustedes muy buena pareja». Otra vez fue en una
reunión social; los asistentes todavía no sabían nada sobre los esponsales, y la conversación
recayó sobre el joven: una dama criticó cierto defecto de su figura que era secuela de una
enfermedad juvenil a los huesos. La novia misma permaneció impasible, pero Elisabeth se
sobresaltó y abogó por la buena estampa de su futuro cuñado con un celo que luego a ella
misma le resultó incomprensible. En el proceso a través del cual reelaboramos estas
reminiscencias, se volvió claro para Elisabeth que el sentimiento de ternura hacia su cuñado era
de larga data, quizá dormitaba en ella desde que se conocieron y durante mucho tiempo se
había escondido tras la máscara de una mera afección hacia un pariente, bien comprensible en
ella dado su alto sentido de familia.
Esta abreacción le hizo decididamente muy bien; más alivio aún pude aportarle ocupándome
como un amigo de situaciones del presente. Con ese propósito busqué conversar con la señora
Von R., en quien hallé a una dama razonable y fina, aunque su coraje de vivir había padecido
bajo los últimos golpes del destino. Por ella me enteré de que el reproche de exacción
desconsiderada, que el primer cuñado había elevado contra el viudo y tanto doliera a Elisabeth,
debió ser retirado tras una averiguación mejor. El carácter del joven no había sufrido mengua;
un malentendido, una diferencia harto comprensible en la apreciación del dinero entre el
comerciante, para quien aquel es un instrumento de trabajo, y el opuesto modo de ver del
empleado; eso era todo, nada más había de cierto en ese hecho al parecer tan penoso. Rogué
a la madre que en lo sucesivo diera a Elisabeth todos los esclarecimientos de que ella
necesitaba, y le siguiera brindando aquella oportunidad de comunicación anímica a la que yo la
había habituado.
Desde luego, me interesó saber también qué perspectivas tenía el deseo de la muchacha,
devenido ahora conciente, de hacerse realidad. ¡Ah! Aquí las cosas tenían un aspecto menos
favorable. La madre dijo que hacía tiempo había vislumbrado la inclinación de Elisabeth hacia su
cuñado, aunque no sabía que pudiera haberla tenido ya en vida de su hermana. Quien los viera
juntos -cosa que se había vuelto muy rara- no podía albergar ninguna duda sobre el propósito de
la muchacha de gustarle. Sólo que ni ella, la madre, ni quienes aconsejaban en la familia eran
muy partidarios de una unión matrimonial de ellos. La salud del joven no era muy buena y había
sufrido un nuevo golpe con la muerte de su amada esposa; tampoco era muy seguro que se
hubiera recuperado en lo anímico como para volver a casarse. Era probable -me siguió diciendo
la madre- que él se mantuviera tan reservado porque, sin estar seguro de que lo aceptarían, no
quería entablar conversación sobre el tema. Dada esta reserva de ambas partes, era muy
posible que fracasara la solución que Elisabeth ansiaba para sí.
Comuniqué a la muchacha todo cuanto había averiguado de la madre, y tuve el contento de
hacerle un bien esclareciéndole aquel asunto de dinero; por otra parte, la exhorté a soportar en
calma la incertidumbre sobre el futuro, que no se podía disipar. Pero como era ya avanzado el
verano, fue preciso poner fin al tratamiento. De nuevo se encontraba mejor, de sus dolores ni se
hablaba entre nosotros desde que nos ocupábamos de la causa a la que se pudieron
reconducir. Ambos teníamos la sensación de haber terminado, aunque yo me dije que la
abreacción de la ternura retenida no se había hecho de una manera en verdad muy completa.
La di por curada, aunque le prescribí que continuara por su cuenta con esa solución, una vez
encaminada, y ella no me contradijo. Partió de viaje con su madre para encontrarse con su
hermana mayor y su familia en una residencia veraniega que compartirían.
He de informar todavía brevemente sobre la ulterior trayectoria de la enfermedad en la señorita
Elisabeth ven R. Algunas semanas después de nuestra despedida recibí una carta desesperada
de la madre; me comunicaba que al primer intento de hablar con Elisabeth sobre los asuntos de
su corazón, ella se rebeló con total indignación y desde entonces le habían vuelto unos violentos
dolores; estaba disgustada conmigo por haberle traicionado su secreto, se mostraba
enteramente inaccesible, la cura se había arruinado de una manera total. ¿Qué hacer ahora?
Ella no quería saber nada conmigo. Yo no di ninguna respuesta; era de esperar que hiciera
todavía el intento de rechazar la intromisión de la madre y recogerse en su reserva después que
se había soltado de mi yugo. Pero yo tenía algo así como la certeza de que todo se arreglaría,
de que mí empeño no había sido en vano. Dos meses después estaban de regreso en Viena, y
el colega a quien debía mi presentación ante la enferma me trajo la noticia de que Elisabeth se
encontraba completamente bien, se comportaba como sana, aunque, cierto es, de vez en
cuando aún tenía dolores. Desde entonces, ella me ha enviado repetidas veces parecidos
recados, y siempre me prometía visitarme; pero es característico de la relación personal que se
plasma en tales tratamientos que nunca lo haya hecho. Según me asegura mi colega, se la
debe considerar curada; la relación del cuñado con la familia no ha variado.
En la primavera de 1894 me enteré de que concurriría a un baile, para el cual pude procurarme
acceso, y no dejé escapar la oportunidad de ver a mi antigua enferma en el alígero vuelo de una
rápida danza. Más tarde, por su libre inclinación, se casó con un extraño.