martes, 23 de marzo de 2010

Estudios sobre la histeria - Freud Sigmund. Caso señorita Elisabeth von R. AE


Señorita Elisabeth von R. (Freud)
En el otoño de 1892, un colega de mi amistad me pidió que examinase a una joven dama que
desde hacía más de dos años padecía de dolores en las piernas y caminaba mal. -Agregó a su
solicitud que consideraba el caso como una histeria, aunque no se hallara en él nada de los
signos habituales de la neurosis. Conocía un poco a la familia y sabía que en los últimos años
se habían abatido sobre ella muchas desdichas y muy pocas cosas alegres le pasaban.
Primero había muerto el padre de la paciente; luego su madre debió someterse a una seria
operación de los ojos, y poco después una hermana casada sucumbió, tras un parto, a una
vieja dolencia cardíaca. En todas esas penas y todo ese cuidar enfermos nuestra paciente
había tenido la mayor participación.
No avancé mucho más en el entendimiento del caso después que hube visto por primera vez a
esta señorita de veinticuatro años. Parecía inteligente y psíquicamente normal, y sobrellevaba
con espíritu alegre su padecer, que le enervaba todo trato y todo goce; lo sobrellevaba' con la
«belle indifférence» de los histéricos(91), no pude menos que pensar yo. Caminaba con la parte
superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyo; su andar no respondía a ninguna
de las maneras de hacerlo conocidas por la patología, y por otra parte ni siquiera era
llamativamente torpe. Sólo que ella se quejaba de grandes dolores al caminar, y de una fatiga
que le sobrevenía muy rápido al hacerlo y al estar de pie; al poco rato buscaba una postura de
reposo en que los dolores eran menores, pero en modo alguno estaban ausentes. El dolor era
de naturaleza imprecisa; uno podía sacar tal vez en limpio: era una fatiga dolorosa. Una zona
bastante grande, mal deslindada, de la cara anterior del muslo derecho era indicada como el
foco de los dolores, de donde ellos partían con la mayor frecuencia y alcanzaban su máxima
intensidad. Empero, la piel y la musculatura eran ahí particularmente sensibles a la presión y el
pellizco; la punción con agujas se recibía de manera más bien indiferente. Esta misma
hiperalgesia de la piel y de los músculos no se registraba sólo en ese lugar, sino en casi todo el
ámbito de ambas piernas. Quizá los músculos eran más sensibles que la piel al dolor;
inequívocamente, las dos clases de sensibilidad dolorosa se encontraban más acusadas en los
muslos. No podía decirse que la fuerza motriz de las piernas fuera escasa; los reflejos eran de
mediana intensidad, y faltaba cualquier otro síntoma, de suerte que no se ofrecía ningún asidero
para suponer una afección orgánica más seria. La dolencia se había desarrollado poco a poco
desde hacía dos años, y era de intensidad variable.
No me resultaba fácil llegar a un diagnóstico, pero fui del mismo parecer que mi colega, por dos
razones. En primer lugar, era llamativo cuán imprecisas sonaban todas las indicaciones de la
enferma, de gran inteligencia sin embargo, acerca de los caracteres de sus dolores. Un
enfermo que padezca de dolores orgánicos, si no sufre de los nervios {nervós} además de esos
dolores, los describirá con precisión y tranquilidad: por ejemplo, dirá que son lacerantes, le
sobrevienen con ciertos intervalos, se extienden de esta a estotra parte, y que, en su opinión,
los, provoca tal o cual influjo. El neurasténico(92) que describe sus dolores impresiona como si
estuviera ocupado con un difícil trabajo intelectual, muy superior a sus fuerzas. La expresión de
su rostro es tensa y como deformada por el imperio de un afecto penoso; su voz se vuelve
chillona, lucha para encontrar las palabras, rechaza cada definición que el médico le propone
para sus dolores, aunque más tarde ella resulte indudablemente la adecuada; es evidente, opina
que el lenguaje es demasiado pobre para prestarle palabras a sus sensaciones, y estas
mismas son algo único, algo novedoso que uno no podría describir de manera exhaustiva, y por
eso no cesa de ir añadiendo nuevos y nuevos detalles; cuando se ve precisado a interrumpirlos,
seguramente lo domina la impresión de no haber logrado hacerse entender por el médico. Esto
se debe a que sus dolores han atraído su atención íntegra. En la señorita Von R. se tenía la
conducta contrapuesta, y, dado que atribuía empero bastante valor a los dolores, era preciso
inferir que su atención estaba demorada en algo otro -probablemente en pensamientos y
sensaciones que se entramaban con los dolores-.
Pero más determinante todavía para la concepción de esos dolores era por fuerza un segundo
aspecto. Cuando en un enfermo orgánico o en un neurasténico se estimula un lugar doloroso,
su fisonomía muestra la expresión, inconfundible, del desasosiego o el dolor físico; además el
enfermo se sobresalta, se sustrae del examen, se defiende. Pero cuando en la señorita Von R.
se pellizcaba u oprimía la piel y la musculatura hiperálgicas de la pierna, su rostro cobraba una
peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos chillidos -yo no podía menos que
pensar: como a raíz de unas voluptuosas cosquillas-, su rostro enrojecía, echaba la cabeza
hacia atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba hacia atrás. Nada de esto era demasiado
grueso, pero sí lo bastante nítido, y compatible sólo con la concepción de que esa dolencia era
una histeria y la estimulación afectaba una zona histerógena(93).
El gesto no armonizaba con el dolor que supuestamente era excitado por el pellizco de los
músculos y la piel; probablemente concordaba mejor con el contenido de los pensamientos
escondidos tras ese dolor y que uno despertaba en la enferma mediante la estimulación de las
partes del cuerpo asociadas con ellos. Yo había observado repetidas veces parecidos gestos
significativos a raíz de la estimulación de zonas hiperálgicas en casos seguros de histeria; los
otros ademanes correspondían evidentemente a la insinuación levísima de un ataque histérico.
En cuanto a la desacostumbrada localización de las zonas histerógenas, no se obtuvo al
comienzo esclarecimiento alguno. Además, daba que pensar que la hiperalgesia recayera
principalmente sobre la musculatura. La dolencia más frecuente culpable de la sensibilidad
difusa y local de los músculos a la presión es la infiltración reumática de ellos, el reumatismo
muscular crónico común, cuya aptitud para crear el espejismo de unas afecciones nerviosas ya
mencioné. La consistencia de los músculos doloridos en la señorita Von R. no contradecía este
supuesto; se encontraban muchos tendones duros en las masas musculares, y además
parecían particularmente sensibles. Lo probable, entonces, era que hubiera sobrevenido una
alteración orgánica de los músculos en el sentido indicado, en la cual la neurosis se apuntaló
haciendo aparecer exageradamente grande su valor.
También la terapia partió de la premisa de que se trataba de una enfermedad mixta.
Recomendamos que continuaran los masajes y faradización sistemáticos de los músculos
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sensibles, a pesar del dolor que ello producía, y yo me reservé el tratamiento de las piernas con
intensas descargas eléctricas, a fin de poder mantenerme en relación con la paciente. A su
pregunta sobre si debía obligarse a caminar, respondimos con un «Sí» terminante.
Así obtuvimos una mejoría leve. Muy en particular, parecían entusiasmarle los dolorosos golpes
de la máquina inductora, y cuanto más intensos eran, más parecían refrenar sus propios
dolores. Entretanto, mi colega preparaba el terreno para un tratamiento psíquico; cuando, tras
cuatro semanas de seudoterapia, yo lo propuse y di a la enferma alguna información sobre el
procedimiento y su modo de acción, hallé rápido entendimiento y mínima resistencia.
Ahora bien, el trabajo que inicié a partir de ese momento resultó uno de los más difíciles que me
tocaran en suerte, y la dificultad que hallo para informar sobre él es digna heredera de las
dificultades entonces superadas. Por largo tiempo no atiné a descubrir el nexo entre la historia
de padecimientos y la dolencia misma, que empero debía de haber sido causada y determinada
por aquella serie de vivencias.
Al emprender un tratamiento catártico de esta índole, lo primero será plantearse esta pregunta:
¿Es para la enferma consabido el origen y la ocasión {Anlass) de su padecer? En caso
afirmativo, no hace falta de ninguna técnica especial para ocasionar {veranlassen} que
reproduzca su historia de padecimientos; el interés que se le testimonia, la comprensión que se
le deja vislumbrar, la esperanza de sanar que se le instila, moverán a la enferma a revelar su
secreto. En el caso de la señorita Elisabeth, desde el comienzo me pareció verosímil que fuera
conciente de las razones de su padecer; que, por tanto, tuviera sólo un secreto, y no un cuerpo
extraño en la conciencia. Cuando uno la contemplaba, no podía menos que rememorar las
palabras del poeta: «La máscara presagia un sentido oculto(94)».
Al comienzo podía, pues, renunciar a la hipnosis, con la salvedad de servirme de ella más tarde
si en el curso de la confesión hubieran de surgir unas tramas para cuya aclaración no alcanzara
su recuerdo. Así, en este, el primer análisis completo de una histeria que yo emprendiera, arribé
a un procedimiento que luego elevé a la condición de método e introduje con conciencia de mi
meta: la remoción del material patógeno estrato por estrato, que de buen grado solíamos
comparar con la técnica de exhumación de una ciudad enterrada. Primero me hacía contar lo
que a la enferma le era consabido, poniendo cuidado en notar dónde un nexo permanecía
enigmático, dónde parecía faltar un eslabón en la cadena de las causaciones, e iba penetrando
en estratos cada vez más profundos del recuerdo a medida que en esos lugares aplicaba la
exploración hipnótica o una técnica parecida a ella. La premisa de todo el trabajo era, desde
luego, la expectativa de que se demostraría un determinismo {Determinierung} suficiente y
completo; enseguida habremos de considerar los medios para esa investigación de lo profundo.
La historia de padecimiento referida por la señorita Elisabeth era larga, urdida por múltiples
vivencias dolorosas. Mientras la relataba no se encontraba en hipnosis, pero yo le indicaba
acostarse y le ordenaba cerrar los ojos, aunque no impedía que de tiempo en tiempo los abriera,
cambiara de posición, se incorporara, etc. Cuando ella atrapaba una pieza del relato a mayor
profundidad, me parecía que caía espontáneamente en un estado más semejante a la hipnosis.
Yacía entonces inmóvil, y mantenía sus ojos cerrados con firmeza.
Paso a reflejar lo que surgió como el estrato más superficial de sus recuerdos. La menor de
tres hijas mujeres, había pasado su juventud, con tierno apego a sus padres, en una finca de
Hungría. La salud de la madre se quebrantó muchas veces a raíz de una dolencia ocular y
también por estados nerviosos. Sucedió por eso que la paciente se apegara de manera
particularmente estrecha a su padre, hombre alegre y dotado de la sabiduría de vivir, quien solía
decir que esa hija le sustituía a un hijo varón y a un amigo con quien podía intercambiar ideas.
En la misma medida en que la muchacha obtenía incitación intelectual de ese trato, no se le
escapaba al padre que su constitución espiritual se distanciaba de la que la gente gusta ver
realizada en una joven. La llamaba en broma «impertinente» y «respondona», la ponía en
guardia frente a su inclinación a los juicios demasiado tajantes, a decir la verdad a los demás
sin consideración alguna; y solía pensar que le resultaría difícil encontrar marido. De hecho, ella
estaba harto descontenta con su condición de mujer; rebosaba de ambiciosos planes, quería
estudiar o adquirir formación musical, se indignaba ante la idea de tener que sacrificar en un
matrimonio sus inclinaciones y la libertad de su juicio. Entretanto vivía preciándose de su padre,
del prestigio y la posición social de su familia, y guardaba con celo todo cuanto se relacionara
con esos bienes. La abnegación que mostró hacia su madre y sus hermanas mayores
reconciliaba totalmente a sus padres con los costados más ásperos de su carácter.
La edad de las niñas movió a la familia a trasladarse a la capital, donde por un tiempo Elisabeth
pudo gozar de una vida más rica y alegre dentro de la familia. Pero luego sobrevino el golpe que
aniquiló la dicha de ese hogar.
El padre había ocultado una afección cardíaca crónica, o él mismo no la había advertido; cierto
día lo trajeron a la casa inconciente tras un primer ataque de edema pulmonar. A ello siguió el
cuidado del enfermo durante un año y medio, en el cual Elisabeth se aseguró el primer lugar
junto al lecho. Dormía en la habitación de su padre, se despertaba de noche a su llamado, lo
asistía durante el día y se forzaba a parecer alegre, en tanto que él soportaba con amable
resignación su irremediable estado. Sin duda, el comienzo de su afección se entramó con este
período de cuidado del enfermo, pues ella pudo recordar que durante los últimos seis meses de
ese cuidado debió guardar cama por un día y medio a causa de aquellos dolores en la pierna
derecha. Pero aseguraba que estos le pasaron pronto y no excitaron su preocupación ni su
atención. Y de hecho, fue sólo dos años después de la muerte del padre cuando se sintió
enferma y no pudo caminar a causa de sus dolores.
El vacío que la muerte del padre dejó en esta familia compuesta por cuatro mujeres; el
aislamiento social, el cese de tantas relaciones que prometían incitación y goce; la salud ahora
más quebrantada de la madre: todo ello empañó el talante de nuestra paciente, pero al mismo
tiempo movió en ella el ardiente deseo de que los suyos pronto hallaran un sustituto de la dicha
perdida, y le hizo concentrar todo su apego y desvelos en la madre supérstite.
Trascurrido el año de luto, la hermana mayor casó con un hombre talentoso y trabajador, de
buena posición, que debido a su capacidad intelectual parecía tener por delante un gran futuro,
pero en el trato más íntimo desarrolló una quisquillosidad enfermiza, una egoísta obstinación en
sus caprichos, y en el círculo de esta familia fue el primero que se atrevió a descuidar el
miramiento por la anciana señora. Era más de lo que Elisabeth podía tolerar; se sintió llamada a
asumir la lucha contra el cuñado en cuanta ocasión se ofreciera, en tanto las otras mujeres
consentían los estallidos del excitable temperamento de aquel. Para ella era un doloroso
desengaño que la reconstrucción de la antigua dicha familiar experimentara esta perturbación, y
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no podía perdonarle a su hermana casada que, con su docilidad de esposa, se afanase en
evitar pronunciarse. Así, en la memoria de Elisabeth habían permanecido toda una serie de
escenas a las que adherían unos cargos, en parte no declarados {aussprechen}, contra su
primer cuñado. Pero el mayor reproche era que por buscar un empleo más ventajoso se
hubiese mudado con su pequeña familia a una lejana ciudad de Austria, contribuyendo a
aumentar así la soledad de la madre. En esta oportunidad Elisabeth sintió con harta nitidez su
desvalimiento, su impotencia para ofrecer a la madre un sustituto de la dicha perdida, la
imposibilidad de ejecutar el designio que había concebido a la muerte del padre.
El matrimonio de la segunda hermana pareció más promisorio para el futuro de la familia, pues
este segundo cuñado, menos dotado intelectualmente, era un hombre cordial para estas
mujeres sensibles y educadas en el cultivo de toda suerte de miramientos; su conducta
reconcilió a Elisabeth con la institución del matrimonio y con la idea de los sacrificios a ella
enlazados. Además, esta segunda joven pareja permaneció en las cercanías de la madre ' y el
hijo de este cuñado y su segunda hermana pasó a ser el preferido de Elisabeth. Por desgracia,
el año en que este niño nació fue turbado por otro suceso. La dolencia ocular de la madre exigió
una cura de oscuridad de varias semanas, compartida por Elisabeth. Luego declararon que era
necesaria una operación; la inquietud que ello provocó coincidió con los preparativos para la
mudanza del primer cuñado. Al fin salió bien la operación, realizada con mano maestra, y las
tres familias se encontraron en un sitio de residencia veraniega; allí Elisabeth, agotada por las
preocupaciones de los últimos meses, habría debido obtener su restablecimiento pleno en este
período, el primero exento de penas y temores que la familia disfrutaba desde la muerte del
padre.
Pero justamente con esa temporada veraniega coincide el estallido de los dolores de Elisabeth,
y su dificultad para caminar. Después que un poco antes se le hubieran hecho notables, los
dolores le sobrevinieron por primera vez con violencia tras un baño caliente que tomó en la casa
de salud de ese pequeño poblado de restablecimiento. Un paseo prolongado, en verdad una
caminata de media jornada, fue relacionado luego con la emergencia de estos dolores, de
suerte que con facilidad se dio en la concepción de que Elisabeth había sufrido un «exceso de
fatiga», y después un «enfriamiento».
A partir de ese momento, Elisabeth fue la enferma de la familia. El consejo médico la movió a
pasar lo que restaba del verano, para una cura de baños, en Gastein(95), adonde viajó con su
madre, pero no sin que se presentara una nueva preocupación. La segunda hermana había
quedado grávida de nuevo, e informaciones recibidas pintaban muy desfavorable su estado, de
suerte que Elisabeth a duras penas se resolvió a hacer aquel viaje. No habían pasado dos
semanas de estadía en Gastein cuando llamaron de regreso a madre y hermana: las cosas no
iban ahora bien para la embarazada, postrada en cama.
Un torturante viaje, en el que se mezclaron para Elisabeth sus dolores y unas terribles
expectativas; luego, en la estación ferroviaria, ciertos indicios que presagiaban lo peor, y
después, cuando entraron en la habitación de la enferma, la certeza de que habían llegado
demasiado tarde para despedirla viva.
Elisabeth no sufrió sólo por la pérdida de esta hermana, a quien había amado tiernamente, sino
casi en igual grado por los pensamientos que esa muerte incitó y las alteraciones que trajo
consigo. La hermana había sucumbido a una afección cardíaca agravada por el embarazo.
Afloró entonces el pensamiento de que la cardiopatía era la herencia paterna de la familia.
Recordaron que en los primeros años de su doncellez la difunta había tenido una corea
acompañada de una leve afección cardíaca. Se culparon a ellos mismos y a los médicos por
haber permitido el matrimonio, ~y no se pudo ahorrarle al infortunado viudo el reproche de haber
puesto en peligro la salud de su mujer con dos embarazos sin que mediara una pausa. La triste
impresión de que habiéndose dado las condiciones para un matrimonio feliz, tan raras, esa
dicha tuviera que terminar así, ocupó a partir de entonces los pensamientos de Elisabeth sin
contradicción. Pero además veía hacerse pedazos dentro de sí todo cuanto había anhelado
para su madre. El cuñado viudo era inconsolable y se alejó de la familia de su esposa. Parece
que su propia familia, de la cual se había enajenado durante su breve y dichoso matrimonio,
aprovechó el momento propicio para atraerlo de nuevo hacia sus propios rumbos. No se halló
camino alguno para mantener la anterior comunidad; una convivencia con la madre bajo el
mismo techo era impracticable por miramiento a la cuñada soltera, y cuando se rehusó a dejar
a las dos mujeres el niño, única herencia de la muerta, les dio por primera vez ocasión para
culparlo de dureza. Por último -Y no fue lo menos penoso-, Elisabeth recibió oscuras noticias de
una desavenencia que había estallado entre ambos cuñados y cuyo motivo apenas
vislumbraba. Parecía, empero, como si el viudo hubiera planteado en asuntos de fortuna unas
demandas que el otro cuñado tachaba de injustificadas, y hasta pudo calificarlas de enojosa
exacción ante el dolor todavía abierto de la madre.
Esa era, pues, la historia de padecimiento de esta muchacha ambiciosa y necesitada de amor.
Enconada con su destino, amargada por el fracaso de todos sus planes de restaurar el brillo de
su casa; sus amores, muertos los unos, distantes o enajenados los otros; sin inclinación por
refugiarse en el amor de un hombre extraño, vivía desde hacía un año y medio -casi segregada
de todo trato social- del cuidado de su madre y de sus dolores.
Si, despreocupadamente, uno se situara en la vida anímica de esta muchacha, no podría
denegarle una cordial simpatía humana. Pero, ¿qué diremos sobre el interés médico por este
historial clínico, sobre sus vínculos con las dolorosas dificultades para caminar, sobre las
perspectivas de aclaración y curación que acaso habrían de resultar de las noticias obtenidas
acerca de esos traumas psíquicos?
Para el médico, la confesión de la paciente significó al comienzo una gran desilusión. Era una
historia clínica consistente en triviales conmociones anímicas, que no permitía explicar por qué
la paciente debió contraer una histeria, ni cómo esa histeria hubo de cobrar precisamente la
forma de la abasia dolorosa. No iluminaba ni la causación ni la determinación {Determinierung}
de la histeria ahí existente. Acaso se podía suponer que la enferma había establecido una
asociación entre sus impresiones anímicas dolidas y los dolores corporales que por azar
registrara de manera simultánea a aquellas, y que ahora en su vida mnémica empleaba la
sensación corporal como símbolo de la anímica. Pero quedaba sin esclarecer qué motivo habría
tenido para esa sustitución, y en qué momento se habría consumado. Cuestiones estas, por
otra parte, cuyo planteo no había sido hasta entonces común entre los médicos. Lo corriente
era darse por contento con el expediente de que la enferma era una histérica por su constitución
misma, capaz de desarrollar síntomas histéricos bajo la presión de una excitación intensa, no
importa de qué índole fuera esta.
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Y si esa confesión no era fructífera para el esclarecimiento, parecía serlo todavía menos para la
curación del caso. No se echaba de ver qué influjo benéfico tendría sobre la señorita Elisabeth
referir una vez más a un extraño, que a cambio le tributara una fuerte simpatía, la historia de su
padecimiento de los últimos años, consabida para todos los miembros de su familia. Por lo
demás, no se advertía en absoluto que la confesión hubiera dado semejante resultado curativo.
Durante ese primer período de] tratamiento, la enferma no cesaba de repetir al médico: «Estoy
cada vez peor, tengo los mismos dolores que antes»; y cuando al decírmelo me arrojaba una
mirada entre astuta y maliciosa, yo podía acordarme del juicio que el viejo señor Von R. había
pronunciado sobre su hija preferida: «A menudo es "impertinente" y "díscola"»; no obstante,
debía admitir que ella tenía razón.
Si yo hubiera abandonado en este estadio el tratamiento psíquico de la enferma, el caso de la
señorita Elisabeth von R. no habría adquirido importancia alguna para la teoría de la histeria.
Pero proseguí mi análisis porque tenía la expectativa cierta de que a partir de estratos más
profundos de la conciencia se conseguiría entender tanto la causación como el determinismo
del síntoma histérico. Me resolví, pues, a plantear, a la conciencia ensanchada de la enferma, la
pregunta directa por la impresión psíquica a que se anudó la génesis primera de los dolores en
las piernas.
A este fin me proponía poner a la enferma en hipnosis profunda. Pero, por desgracia, hube de
percibir que ninguno de los procedimientos que yo poseía para ese objeto la llevaba a un estado
de conciencia diverso de aquel en que me había hecho su confesión. Sólo me quedó alegrarme
cordialmente de que esta vez omitiera espetarme con aire triunfante: «Vea usted, no estoy
dormida, no me pueden hipnotizar». En ese aprieto se me ocurrió aplicar aquel artificio de la
presión sobre la cabeza, la historia de cuya génesis he detallado en la precedente observación
sobre Miss Lucy. Lo puse en práctica exhortando a la enferma a comunicarme puntualmente
todo cuanto en el momento de la presión emergiera ante su visión interior o pasara por su
recuerdo. Calló largo tiempo y luego confesó, por mí esforzada, haber pensado en cierto
atardecer en que un joven la acompañó a casa después de una reunión social, los coloquios
que hubo entre ella y él, y las sensaciones con que luego regresó a casa a cuidar a su padre.
Con esta primera mención de ese joven se abría un nuevo frente de batalla cuyo contenido yo
iría sacando a la luz sólo poco a poco. Aquí se trataba más bien de un secreto, pues,
exceptuada una amiga común, a nadie había puesto al corriente de sus relaciones ni de las
esperanzas a ellas anudadas. Era el hijo de una familia amiga de la suya desde hacía mucho, y
que era vecina en su residencia anterior. El joven, huérfano también, se había apegado con gran
devoción al padre de ella, seguido sus consejos en su carrera, y extendido a las damas de la
familia la veneración que sentía por el padre. Numerosos recuerdos de lecturas en común,
intercambio de ideas, manifestaciones de él que a ella le contaron luego, trazaban los contornos
de su creciente convicción de que él la amaba, y comprendía que casarse con él no le
impondría los sacrificios que temía del matrimonio. Por desdicha era sólo muy poco mayor que
ella, y ni hablar en aquel tiempo de que poseyera recursos propios; pero estaba firmemente
decidida a esperarlo.
Cuando el padre contrajo su grave enfermedad y ella se vio requerida como cuidadora, ese trato
se volvió cada vez más raro. El atardecer del que ella se había acordado dibujaba justamente el
apogeo de su sentimiento; sin embargo, no se había llegado en ese tiempo a una declaración
{Aussprache} entre ambos. A instancias {Drängen} de los suyos y de su propio padre, había
consentido ese día en apartarse del lecho del enfermo para asistir a una reunión social en la
cual tenía motivos para esperar encontrarlo. Después quiso volver temprano a casa, pero la
constriñeron a quedarse, y ella cedió al prometerle él acompañarla. Nunca había sentido tanta
calidez {warm} hacia él como durante ese acompañamiento; pero cuando después, en ese
arrobamiento, entró en la casa, se encontró con que el estado de su padre había empeorado y
se hizo los más acerbos reproches por consagrar tanto tiempo a su gusto personal. Esa fue la
última vez que abandonó al padre enfermo durante toda una tarde; sólo en raras oportunidades
volvió a ver a su amigo; tras la muerte del padre, pareció que él se alejaba por respeto a su
dolor, y luego la vida lo encaminó por otras sendas; poco a poco ella había debido familiarizarse
con el pensamiento de que su interés por ella había sido suplantado {verdrängen} por otros
sentimientos, y de que lo había perdido. Pero este fracaso de su primer amor le seguía doliendo
cada vez que se acordaba,
En estas constelaciones y en la mencionada escena, a la cual llevaron, me era lícito entonces
buscar la causación de los primeros dolores histéricos. Por el contraste entre la beatitud que se
había permitido entonces y la miseria en medio de la cual halló a su padre en casa quedaba
planteado un conflicto, un caso de inconciliabilidad. Como resultado del conflicto, la
representación erótica fue reprimida {esforzada al desalojo} de la asociación, y el afecto a ella
adherido fue aplicado para elevar o reanimar un dolor corporal presente de manera simultánea
(o poco anterior). Era, pues, el mecanismo de una conversión con el fin de la defensa, tal como
lo he tratado en detalle en otro lugar. (ver nota)(96)
Hay sitio aquí, desde luego, para toda clase de puntualizaciones. Debo destacar que no
conseguí demostrar, a partir de su recuerdo, que en aquel momento de regreso a la casa se
hubiera consumado la conversión. Por eso exploré vivencias parecidas del tiempo en que
cuidaba al enfermo, y convoqué una serie de escenas entre las cuales el saltar de la cama con
los pies desnudos en la habitación fría {kalt} a un llamado del padre se destacaba por su
frecuente repetición. Yo me inclinaba a atribuir a este factor una cierta significatividad porque
junto a la queja por el dolor en las piernas estaba la queja por una martirizadora sensación de
frío. Empero, tampoco aquí pude atrapar una escena que pudiera designarse con certeza como
la escena de la conversión. Por eso me inclinaba a admitir aquí una laguna en el
esclarecimiento, hasta que recapacité y recordé el hecho de que los dolores histéricos en las
piernas no estaban presentes todavía en la época del cuidado al enfermo. Su recuerdo
informaba sólo de un único ataque de dolor, que duró varios días pero no atrajo entonces
atención ninguna. Mi investigación se dirigió, pues, a esa primera emergencia del dolor. Fue
posible reanimar con certeza su recuerdo; justamente por esos días había venido de visita un
pariente a quien no pudo recibir por estar postrada en cama, y ese mismo, dos años después,
había tenido también el infortunio de encontrarla en cama. Pero la busca de una ocasión
psíquica para estos primeros dolores resultó infructuosa todas las veces que se la emprendió.
Creí tener derecho a suponer que aquellos primeros dolores habían sobrevenido realmente sin
ocasión psíquica, como afección reumática leve, y hasta pude averiguar que esa enfermedad
orgánica, el arquetipo de la posterior imitación histérica, debía situarse sin duda en un período
anterior a la escena del acompañamiento. De cualquier modo, era posible que estos dolores,
siendo de base orgánica y bastante leves, hubieran durado algún tiempo sin llamar mucho la
atención. De aquí se engendra un punto oscuro, a saber: que el análisis indique una conversión
de excitación psíquica en dolor corporal en una época en que sin duda ese dolor no se
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registraba y no era recordado; he ahí un problema que espero solucionar mediante ulteriores
elucidaciones y otros ejemplos(97).
Con el descubrimiento del motivo para la primera conversión se inició un segundo período, más
fructífero, del tratamiento. Ante todo, la enferma me sorprendió con la comunicación de que
ahora sabía por qué los dolores partían siempre de aquel determinado lugar del muslo derecho,
y eran ahí más violentos. Es el lugar donde cada mañana descansaba la pierna de su padre
mientras ella renovaba las vendas que envolvían su pierna fuertemente hinchada. Esto había
sucedido cientos y cientos de veces, y era curioso que hasta hoy ella nunca hubiera reparado
en ese nexo. Así me ofrecía la explicación deseada para la génesis de una zona histerógena
atípica. Además, las piernas doloridas empezaron a «entrometerse(98)» siempre en nuestros
análisis. Me refiero a este notable estado de cosas: La enferma estaba casi siempre libre de
dolor cuando nos poníamos a trabajar; en tales condiciones, si yo, mediante una pregunta o una
presión sobre la cabeza, convocaba un recuerdo, se insinuaba primero una sensación dolorosa,
las. más de las veces tan viva que la enferma se estremecía y se llevaba la mano al lugar del
dolor. Este dolor despertado subsistía mientras el recuerdo gobernaba a la enferma, alcanzaba
su apogeo cuando estaba en vías de declarar {aussprechen} lo esencial y decisivo dé su
comunicación, y desaparecía con las últimas palabras que pronunciaba. Poco a poco aprendí a
utilizar como brújula ese dolor despertado; cuando ella enmudecía, pero todavía acusaba
dolores, yo sabía que no lo había dicho todo y la instaba a continuar la confesión hasta que el
dolor fuera removido por la palabra {wegsprechen). Sólo entonces le despertaba un nuevo
recuerdo.
En este período de «abreacción» el estado de la enferma mejoró de manera tan llamativa, tanto
en el aspecto somático como en el psíquico, que yo solía aseverar, medio en broma, que cada
vez le quitaba un cierto quantum de motivos de dolor y, cuando los hubiera removido todos, ella
sanaría. Pronto llegó a pasar la mayor parte del tiempo sin dolores, consintió en caminar mucho
y abandonar el aislamiento que hasta entonces mantenía. En el curso del análisis yo obedecía
ora a las oscilaciones espontáneas de su estado, ora a mi estimación sobre dónde creía que se
hallaba un fragmento aún no agotado de su historia de padecimiento. En esa tarea obtuve
algunas percepciones interesantes, cuyas enseñanzas hallé confirmadas más tarde en otros
enfermos.
En primer lugar, por lo que respecta a las oscilaciones espontáneas: en verdad no se producía
ninguna que no hubiera sido provocada asociativamente por un suceso del día. Una vez se
había enterado de cierta enfermedad contraída por alguien del círculo de sus conocidos, y por
un detalle le recordó a la de su padre; otra vez había estado de visita el hijo de su difunta
hermana, y el parecido le reavivó el dolor por la muerta; y otra vez, aún, fue cierta carta de la
hermana que vivía distanciada, en la que era nítida la influencia del cuñado desconsiderado, la
que demandó la comunicación de una escena familiar todavía no referida. Como ella nunca
presentaba dos veces la misma ocasión de dolor, no parecía injustificada nuestra expectativa
de agotar de tal suerte el acopio, y en modo alguno me resistía a que se pusiera en situaciones
aptas para evocar recuerdos nuevos, todavía no llegados a la superficie; por ejemplo,
mandándola a visitar la tumba de su hermana o haciéndola concurrir a una reunión donde
pudiera ver a su amigo de juventud, ahora de nuevo presente.
Después, obtuve un panorama sobre el modo en que se genera una histeria que cabe designar
como -monosintomática. En efecto, hallé que la pierna derecha se dolía en el curso de nuestras
hipnosis cuando se trataba de recuerdos del cuidado de su padre enfermo, del trato con aquel
compañero de juventud y otras cosas que caían dentro del primer período del tiempo patógeno,
mientras que el dolor se anunciaba en la otra pierna, la izquierda, tan pronto le despertaba un
recuerdo sobre la hermana difunta, los dos cuñados, en suma, una impresión de la segunda
mitad de su historia de padecimiento. Alertado por este comportamiento constante, me puse a
indagarlo y obtuve la impresión de que esa especificación era aún mayor, como si cada nueva
ocasión psíquica de sensaciones dolidas se hubiera enlazado con un diverso lugar del área
dolorosa de las piernas. El lugar originariamente doloroso del muslo derecho se había referido al
cuidado de su padre; a partir de ahí, el ámbito de dolor había crecido, por aposición, desde
nuevas ocasiones traumáticas, de suerte que aquí, en rigor, no se estaba frente a un síntoma
corporal único que se enlazara con múltiples complejos mnémicos psíquicos, sino a una
multiplicidad de síntomas similares que al abordaje superficial parecían fusionados en un solo
síntoma. Es cierto que no me empeñé en deslindar las zonas de dolor correspondientes a las
diversas ocasiones psíquicas; no lo hice porque hallé la atención de la enferma por completo
extrañada de tales vínculos.
Ahora bien, presté más amplio interés al modo en que todo el complejo sintomático de la abasia
pudo edificarse sobre esas zonas dolorosas, y con ese propósito formulé diversas preguntas,
como: «¿De dónde provienen los dolores al andar, estar de pie, yacer?», que la paciente
respondió en parte sin que mediara influjo, en parte bajo la presión de mi mano. De ahí
resultaron dos cosas. Por un lado, me agrupó todas las escenas conectadas con impresiones
dolorosas según que en ellas hubiera estado sentada o de pie, etc. Así, por ejemplo, estaba de
pie junto a una puerta cuando trajeron a casa al padre tras sufrir un ataque al corazón, y en su
terror ella quedó de pie como plantificada. A este primer «terror estando de pie» {«stehen»} le
seguían otros recuerdos, hasta llegar a la escena terrible en que de nuevo se quedó parada
{stehen}, como presa de un hechizo, frente al lecho de su hermana muerta. Toda esa cadena
de reminiscencias estaba destinada a evidenciar el justificado enlace de los dolores con el estar
de pie, y aun podía considerarse como prueba de una asociación; empero, uno debía tener
presente el requisito de que en todas esas oportunidades era preciso que se registrara,
además, otro factor que dirigiera la atención -y en ulterior consecuencia la conversión
justamente- al estar de pie (o al andar, estar sentada, etc.). Y la explicación para este sesgo de
la atención parecía tener que buscarse en la circunstancia de que andar, estar de pie y yacer se
anudan a operaciones y estados de aquellas partes del cuerpo que eran en este caso las
portadoras de las zonas dolorosas, a saber, las piernas. De ese modo resultaba fácil de
comprender el nexo entre la astasia-abasia y el primer caso de conversión en este historial
clínico.
Entre las escenas que conforme a esa recapitulación habrían vuelto doloroso el caminar
{gehen} resaltó una, la caminata que hizo en aquel lugar de restablecimiento junto con un grupo
nutrido de personas y que presuntamente había sido demasiado extensa. Las circunstancias
más detalladas de este episodio se revelaron sólo de manera vacilante y dejaron muchos
enigmas sin solucionar. Estaba ella de talante particularmente sentimental, de buena gana se
unió al círculo de personas amigas; era un bello día, no demasiado caluroso; su mamá
permaneció en casa, su hermana mayor ya había partido de viaje, la segunda no se sentía bien
pero no quiso estropearle el disfrute; el marido de esta hermana declaró al comienzo que se
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quedaría junto a su mujer, y después marchó también por amor de ella (de Elisabeth). Me
pareció que esta escena tenía mucho que ver con la primera emergencia de los dolores, pues
ella se acordaba de haber regresado del paseo muy cansada y con fuertes dolores, pero no se
manifestó con seguridad sobre si ya los había sentido antes. Yo argüí que de haber sentido
dolores considerables era difícil que se resolviera a compartir esa larga jornada. A la pregunta
sobre qué, en ese paseo, habría provocado los dolores, recibí la respuesta, no del todo
trasparente, de que el contraste entre su soledad y la dicha conyugal de su hermana enferma,
que la conducta de su cuñado le ponía de continuo ante los ojos, la habría dolido.
Otra escena, muy próxima en el tiempo a la anterior, desempeñó un papel en el enlace de los
dolores con el estar sentado. Fue algunos días después; su hermana y su cuñado ya habían
viajado, ella se hallaba excitada, añorante; se levantó {aufstehen} por la mañana temprano,
dirigió sus pasos {hinaufgehen} hacia una pequeña colina, hasta un lugar que solían frecuentar
juntos y ofrecía un espléndido panorama, y ahí se sentó {setzen sich}, absorta en sus
pensamientos, sobre un banco de piedra. Sus pensamientos volvieron a dirigirse a su soledad,
el destino de su familia y el ardiente deseo de llegar a ser tan feliz como su hermana lo era,
confesó ella esta vez desembozadamente. De esa meditación matinal regresó con fuertes
dolores, y la tarde de ese mismo día tomó el baño tras el cual aquellos le sobrevinieron de
manera definitiva y duradera.
Con toda precisión se averiguó, además, que los dolores al caminar y estar de pie solían
calmarse en un comienzo al yacer {Iiegen}. Sólo cuando, anoticiada del agravamiento de su
hermana, hubo partido de Gastein al atardecer y toda esa noche la martirizaron, además de la
preocupación por su hermana, unos furiosos dolores mientras yacía extendida, insomne, en el
vagón de ferrocarril, se estableció también la conexión del yacer con los dolores, y durante todo
un período el yacer fue aún más doloroso que el caminar y el estar de pie.
De tal suerte, en primer lugar, la zona dolida crecía por aposición, pues cada nuevo tema de
eficacia patógena investía una nueva región de las piernas; en segundo lugar, cada una de las
escenas impresionantes había dejado tras sí una huella, pues producía una «investidura»
permanente, que se acumulaba más y más, de las diversas funciones de las piernas, un enlace
de estas funciones con las sensaciones de dolor; pero, además, era inequívoco que en la
plasmación de la astasia-abasia había cooperado un tercer mecanismo. Si la enferma puso fin
al relato de toda una serie de episodios con la queja de que ahí se había sentido dolida de su
«soledad» {«Alleinstehen»}, y en otra serie, que abarcaba sus infortunados intentos de
establecer una vida familiar nueva, no cesaba de repetir que lo doliente ahí era el sentimiento de
su desvalimiento, la sensación de «no avanzar un paso», yo no podía menos que atribuir a sus
reflexiones un influjo sobre la plasmación de la abasia; me vi llevado a suponer que ella
directamente buscaba una expresión simbólica para sus pensamientos de tinte dolido, y lo
había hallado en el refuerzo de su padecer. Ya en nuestra «Comunicación preliminar»
sostuvimos que mediante una simbolización {Symbolisierung} así pueden generarse síntomas
somáticos de la histeria; en la «Epicrisis» que agrego a este historial clínico detallaré algunos
ejemplos que lo prueban de manera indudable. En la señorita Elisabeth von R. el mecanismo
psíquico de la simbolización no se situaba en primera línea, él no había creado la abasia, pero
todo indicaba que la abasia preexistente había experimentado un refuerzo sustancial por este
camino. De acuerdo con ello, esta abasia, en el estadio de desarrollo en que yo la encontré, no
era equiparable sólo a una parálisis funcional asociativa psíquica, sino también a una parálisis
funcional simbólica.
Antes de proseguir con la historia de mi enferma quiero agregar algunas palabras sobre su
conducta durante este segundo período del tratamiento. En el curso de todo este análisis me
valí del método de convocar mediante presión sobre la cabeza imágenes y ocurrencias, vale
decir, un método inaplicable sin plena colaboración y atención voluntaria de la enferma. Y aun su
conducta a veces satisfacía todo cuanto yo pudiera desear, y en esos períodos era de hecho
sorprendente cuán pronto y ordenadas de una manera infaliblemente cronológica se instalaban
las diversas escenas pertenecientes a cierto tema. Era como si ella leyese un largo libro
ilustrado, cuyas páginas se dieran vuelta ante sus ojos. Otras veces parecían existir obstáculos,
cuya naturaleza yo ni vislumbraba en ese tiempo. Cuando ejercía mi presión, ella aseveraba que
no se le ocurría nada; repetía la presión, le indicaba aguardar, y de nuevo nada salía. Las
primeras ocasiones en que apareció esta contumacia acepté interrumpir el trabajo so pretexto
de que el día no era propicio; otra vez sería. Pero dos percepciones me indujeron a cambiar mi
conducta, En primer lugar, que esa denegación del método sólo ocurría cuando había hallado a
Elisabeth alegre y libre de dolor, nunca cuando yo llegaba en un mal día; en segundo lugar, que
esa indicación de no ver nada ante sí solía darla después que había dejado pasar una larga
pausa, durante la cual su gesto tenso y atareado me denunciaba empero un proceso anímico
en ella. Me resolví entonces a suponer que el método nunca fracasaba, y que bajo la presión de
mi mano Elisabeth tenía siempre una ocurrencia en la mente o una imagen ante los ojos, pero
no todas las veces estaba dispuesta a comunicármela, sino que intentaba volver a sofocar lo
conjurado. Podía imaginarme dos motivos para ese silencio: o bien Elisabeth ejercía sobre su
ocurrencia una crítica a la que no tenía derecho -no la hallaba lo bastante valiosa, creía que no
venía al caso como respuesta a la pregunta planteada-, o bien la horrorizaba indicarla porque ...
le resultaba demasiado desagradable su comunicación. Procedí entonces como si estuviera
enteramente convencido de la confiabilidad de mi técnica. Ya no lo dejé pasar cuando ella
aseveraba no ocurrírsele nada. Le aseguraba que por fuerza algo se le había ocurrido; acaso
ella no le había prestado suficiente atención, y entonces yo repetiría la presión; o bien ella había
creído que su ocurrencia no era la pertinente. Y le decía que esto último no era cosa de su
competencia; estaba obligada a mantener total objetividad y a decir lo que se le pasara por la
cabeza, viniera o no al caso. Por último, que yo sabía con certeza que algo se le había ocurrido;
ella me lo mantenía en secreto, pero nunca se libraría de sus dolores mientras mantuviera algo
en secreto. Mediante este esforzar conseguí que realmente ninguna presión resultase ya
infructuosa. Me vi precisado a suponer que había discernido de manera correcta el estado de la
cuestión, y a raíz de este análisis cobré de hecho una confianza absoluta en mi técnica. A
menudo sucedía que sólo tras la tercera presión me comunicara algo, pero luego ella misma
agregaba: «Se lo habría podido decir la primera vez». - «Ajá, ¿y por qué no lo dijo?». - «Creo
que no era lo pertinente», «Pensé que podía pasarlo por alto, pero eso volvió todas las veces».
En el curso de este difícil trabajo empecé a atribuir una significación más profunda a las
resistencias que la enferma mostraba a reproducir sus recuerdos, y a compilar con cuidado las
ocasiones a raíz de las cuales aquella se denunciaba de un modo particularmente llamativo.
(ver nota)
(99)
Paso ahora a exponer el tercer período de nuestro tratamiento. La enferma se sentía mejor,
estaba psíquicamente aliviada y se había vuelto productiva, pero era evidente que los dolores no
habían sido eliminados; volvían de tiempo. en tiempo y, por cierto, con su antigua violencia. Lo
incompleto del éxito terapéutico se correspondía con lo incompleto del análisis: aún yo no sabía
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con exactitud en qué momento y a través de qué mecanismo habían nacido los dolores. En el
segundo período, mientras ella reproducía las más diversas escenas y yo observaba sus
resistencias a referirlas, se había formado en mí cierta sospecha; pero aún no osaba convertirla
en base de mi obrar. Una percepción casual inclinó la balanza. Cierta vez que trabajábamos
con la enferma, escuché pasos de hombre en la habitación contigua, una voz de agradable
timbre que parecía preguntar algo, y hete aquí que mi paciente se levanta con el ruego de
suspender por hoy; es que ha escuchado -dice- que su cuñado llegó y pregunta por ella. Hasta
ese momento había estado libre de dolores, y tras esta perturbación su gesto y su andar
denunciaban la repentina emergencia de fuertes dolores. Vi confirmada mi sospecha y me
resolví a producir el esclarecimiento decisivo.
Formulé entonces la pregunta por las circunstancias y causas de la primera emergencia de los
dolores. Como respuesta, sus pensamientos se orientaron hacia la residencia veraniega en
aquel lugar de restablecimiento, antes del viaje a Gastein, y de nuevo se mostraron algunas
escenas que ya habían sido tratadas antes de manera menos exhaustiva. Su estado de ánimo
en aquel tiempo, su agotamiento tras la preocupación por la vista de la madre y tras el cuidado
de la enferma en la época en que la operaron de los ojos, su desesperanza última, como
muchacha sola, de gozar algo de la vida o de producir algo en ella. Hasta entonces se le
antojaba que era lo bastante fuerte para prescindir del apoyo de un hombre; ahora se apoderaba
de ella un sentimiento de su debilidad como mujer, una añoranza de amor en la que, según sus
propias palabras, la solidez de su ser empezaba a derretirse. En ese talante, el matrimonio
dichoso de la más joven de sus hermanas le causó la más profunda impresión: cuán
conmovedoramente cuidaba él de ella, cómo se entendían con sólo mirarse, cuán seguros
parecían uno del otro. Era por cierto lamentable que el segundo embarazo siguiera tan rápido al
primero, y la hermana sabía que este era el motivo de su enfermedad, pero ¡cuán
animosamente la sobrellevó por ser él la causa! En aquella caminata enlazada de manera tan
íntima con los dolores de Elisabeth, el cuñado al principio no quería participar, pues prefería
permanecer junto a su mujer enferma. Pero esta, con una mirada, lo movió a ir, pues pensaba
que ello alegraría a Elisabeth. Todo el tiempo permaneció Elisabeth en su compañía, hablaron
sobre las cosas más variadas e íntimas, y ella estuvo de acuerdo con todo lo que él decía, y se
le hizo hiperpotente el deseo de poseer un hombre que se le pareciese. Pocos días después
siguió la escena en que, tras la partida, ella visitó por la mañana el punto panorámico que había
sido paseo predilecto de los ausentes. Se sentó allí sobre una piedra y soñó de nuevo con una
dicha de amor como la deparada a su hermana, y con un hombre que supiera cautivar su
corazón como ese cuñado. Se puso de pie {aufstehen} con dolores, que empero otra vez
desaparecieron; sólo a la siesta, tras el baño caliente {warm} que tomó en ese lugar, se
abatieron sobre, ella los dolores que de ahí en adelante no la habían abandonado. Intenté
explorar qué clase de pensamientos la ocuparon entonces en el baño; pero sólo se averiguó
que la casa de baños le recordaba a sus hermanos que habían viajado, porque habían parado
en la misma casa.
A mí por fuerza se me había aclarado hacía rato de qué se trataba; pero la enferma, abismada
en dulces y dolidos recuerdos, parecía no reparar a qué puerto se acercaba, y prosiguió
reflejando sus reminiscencias. Vino el tiempo pasado en Gastein, la aprensión con que abría
cada carta, por último la noticia de que la hermana empeoraba, la prolongada espera hasta la
tarde para poder abandonar Gastein, el viaje en martirizadora incertidumbre, en una noche
insomne -Momentos todos estos acompañados de un fuerte aumento en los dolores-. Pregunté
si durante el viaje se había representado la triste posibilidad que luego resultó realizada.
Respondió que había esquivado cuidadosamente ese pensamiento, pero opinó que su madre
desde el comienzo mismo imaginaba lo peor. -A ello siguió un recuerdo de la llegada a Viena,
las impresiones que recibieron de los parientes que las esperaban, el corto viaje desde Viena
hasta la villa cercana donde vivía la hermana, la llegada allí al atardecer, el camino, recorrido
con premura, a través del jardín hasta el pequeño pabellón que daba a aquel, el silencio en la
casa, la oscuridad oprimente; cuenta que el cuñado no salió a recibirlas; luego, estaban de pie
ante el lecho, vieron a la muerta, y en el momento de la cruel certidumbre de que la hermana
querida había muerto sin despedirse de ellas, sin que el cuidado de ellas fuera el bálsamo de
sus últimos días... en ese mismo momento un pensamiento otro pasó como un
estremecimiento por el cerebro de Elisabeth, pensamiento que ahora se había instalado de
nuevo irrechazablemente; pasó como un rayo refulgente en medio de la oscuridad: «Ahora él
está de nuevo libre, y yo puedo convertirme en su esposa».
Así todo quedaba en claro. El empeño del analista era recompensado abundantemente: la idea
de la «defensa» frente a una representación inconciliable; de la génesis de síntomas histéricos
por conversión de una excitación psíquica a lo corporal; de la formación de un grupo psíquico
separado por el acto de voluntad que lleva a la defensa: todo eso me fue puesto en aquel
momento ante los ojos de un modo visible. Así y no de otra forma había sucedido todo aquí.
Esta muchacha había regalado a su cuñado una inclinación tierna, contra cuya admisión se
revolvía dentro de su conciencia todo su ser moral. Había conseguido ahorrarse la dolorosa
certidumbre de que amaba al marido de su hermana creándose a cambio unos dolores
corporales, y en los momentos en que esa certidumbre pretendía imponérsele (durante el paseo
con él, en aquella ensoñación matinal, en el baño, ante el lecho de la hermana) habían sido
generados aquellos dolores por una lograda conversión a lo somático. En la época en que la
tomé bajo tratamiento, ya se había consumado la segregación -de su saber- de los grupos de
representaciones referidas a ese amor; opino que de otro modo nunca habría consentido en tal
tratamiento; la resistencia que ella repetidas veces había contrapuesto a la reproducción de
escenas de eficacia traumática correspondía realmente a la energía con la cual la
representación inconciliable había sido esforzada afuera de la asociación.
Ahora bien, para el terapeuta sobrevino primero un período malo. El efecto de la readmisión de
aquella representación reprimida fue desconsolador para la pobre criatura. Cuando le resumí el
estado de la causa con escuetas palabras -desde hacía mucho tiempo estaba enamorada de
su cuñado-, se puso a proferir ayes. En ese instante se quejó de dolores crudelísimos, hizo
todavía un desesperado intento por rechazar ese esclarecimiento. Que eso no es cierto, que yo
se lo había sugerido, que no puede ser, que ella no es capaz de semejante perversidad. Y
tampoco se lo perdonaría nunca. Resultó fácil demostrarle que sus propias comunicaciones no
admitían otra interpretación, pero hubo de pasar largo tiempo hasta que le hicieran alguna
impresión las razones de consuelo que yo le aduje: uno es irresponsable por sus propios
sentimientos, y su conducta, el haber enfermado bajo aquellas ocasiones, era suficiente
testimonio de su naturaleza moral.
Me vi precisado entonces a emprender más de un camino para procurar alivio a la enferma.
Primero quise darle la oportunidad de aligerarse por «abreacción» de esa excitación
almacenada desde hacía tanto tiempo. Exploramos las primeras impresiones del trato con su
cuñado, el comienzo de esa inclinación que se mantuvo inconciente. Aquí se hallaron todos
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aquellos pequeños signos previos y vislumbres desde los cuales una pasión plenamente
desarrollada permite comprender tantas cosas en visión retrospectiva. En su primera visita a la
casa, había creído él que era ella la novia que le estaba destinada, y la saludó antes que a las
hermanas mayores, que no estaban presentes. Cierto atardecer platicaban entre ellos con tanta
vivacidad y parecían entenderse tan bien que la novia los interrumpió con esta observación,
dicha medio en serio: «En verdad, harían ustedes muy buena pareja». Otra vez fue en una
reunión social; los asistentes todavía no sabían nada sobre los esponsales, y la conversación
recayó sobre el joven: una dama criticó cierto defecto de su figura que era secuela de una
enfermedad juvenil a los huesos. La novia misma permaneció impasible, pero Elisabeth se
sobresaltó y abogó por la buena estampa de su futuro cuñado con un celo que luego a ella
misma le resultó incomprensible. En el proceso a través del cual reelaboramos estas
reminiscencias, se volvió claro para Elisabeth que el sentimiento de ternura hacia su cuñado era
de larga data, quizá dormitaba en ella desde que se conocieron y durante mucho tiempo se
había escondido tras la máscara de una mera afección hacia un pariente, bien comprensible en
ella dado su alto sentido de familia.
Esta abreacción le hizo decididamente muy bien; más alivio aún pude aportarle ocupándome
como un amigo de situaciones del presente. Con ese propósito busqué conversar con la señora
Von R., en quien hallé a una dama razonable y fina, aunque su coraje de vivir había padecido
bajo los últimos golpes del destino. Por ella me enteré de que el reproche de exacción
desconsiderada, que el primer cuñado había elevado contra el viudo y tanto doliera a Elisabeth,
debió ser retirado tras una averiguación mejor. El carácter del joven no había sufrido mengua;
un malentendido, una diferencia harto comprensible en la apreciación del dinero entre el
comerciante, para quien aquel es un instrumento de trabajo, y el opuesto modo de ver del
empleado; eso era todo, nada más había de cierto en ese hecho al parecer tan penoso. Rogué
a la madre que en lo sucesivo diera a Elisabeth todos los esclarecimientos de que ella
necesitaba, y le siguiera brindando aquella oportunidad de comunicación anímica a la que yo la
había habituado.
Desde luego, me interesó saber también qué perspectivas tenía el deseo de la muchacha,
devenido ahora conciente, de hacerse realidad. ¡Ah! Aquí las cosas tenían un aspecto menos
favorable. La madre dijo que hacía tiempo había vislumbrado la inclinación de Elisabeth hacia su
cuñado, aunque no sabía que pudiera haberla tenido ya en vida de su hermana. Quien los viera
juntos -cosa que se había vuelto muy rara- no podía albergar ninguna duda sobre el propósito de
la muchacha de gustarle. Sólo que ni ella, la madre, ni quienes aconsejaban en la familia eran
muy partidarios de una unión matrimonial de ellos. La salud del joven no era muy buena y había
sufrido un nuevo golpe con la muerte de su amada esposa; tampoco era muy seguro que se
hubiera recuperado en lo anímico como para volver a casarse. Era probable -me siguió diciendo
la madre- que él se mantuviera tan reservado porque, sin estar seguro de que lo aceptarían, no
quería entablar conversación sobre el tema. Dada esta reserva de ambas partes, era muy
posible que fracasara la solución que Elisabeth ansiaba para sí.
Comuniqué a la muchacha todo cuanto había averiguado de la madre, y tuve el contento de
hacerle un bien esclareciéndole aquel asunto de dinero; por otra parte, la exhorté a soportar en
calma la incertidumbre sobre el futuro, que no se podía disipar. Pero como era ya avanzado el
verano, fue preciso poner fin al tratamiento. De nuevo se encontraba mejor, de sus dolores ni se
hablaba entre nosotros desde que nos ocupábamos de la causa a la que se pudieron
reconducir. Ambos teníamos la sensación de haber terminado, aunque yo me dije que la
abreacción de la ternura retenida no se había hecho de una manera en verdad muy completa.
La di por curada, aunque le prescribí que continuara por su cuenta con esa solución, una vez
encaminada, y ella no me contradijo. Partió de viaje con su madre para encontrarse con su
hermana mayor y su familia en una residencia veraniega que compartirían.
He de informar todavía brevemente sobre la ulterior trayectoria de la enfermedad en la señorita
Elisabeth ven R. Algunas semanas después de nuestra despedida recibí una carta desesperada
de la madre; me comunicaba que al primer intento de hablar con Elisabeth sobre los asuntos de
su corazón, ella se rebeló con total indignación y desde entonces le habían vuelto unos violentos
dolores; estaba disgustada conmigo por haberle traicionado su secreto, se mostraba
enteramente inaccesible, la cura se había arruinado de una manera total. ¿Qué hacer ahora?
Ella no quería saber nada conmigo. Yo no di ninguna respuesta; era de esperar que hiciera
todavía el intento de rechazar la intromisión de la madre y recogerse en su reserva después que
se había soltado de mi yugo. Pero yo tenía algo así como la certeza de que todo se arreglaría,
de que mí empeño no había sido en vano. Dos meses después estaban de regreso en Viena, y
el colega a quien debía mi presentación ante la enferma me trajo la noticia de que Elisabeth se
encontraba completamente bien, se comportaba como sana, aunque, cierto es, de vez en
cuando aún tenía dolores. Desde entonces, ella me ha enviado repetidas veces parecidos
recados, y siempre me prometía visitarme; pero es característico de la relación personal que se
plasma en tales tratamientos que nunca lo haya hecho. Según me asegura mi colega, se la
debe considerar curada; la relación del cuñado con la familia no ha variado.
En la primavera de 1894 me enteré de que concurriría a un baile, para el cual pude procurarme
acceso, y no dejé escapar la oportunidad de ver a mi antigua enferma en el alígero vuelo de una
rápida danza. Más tarde, por su libre inclinación, se casó con un extraño.